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sábado, 31 de octubre de 2009

Macedonio

Fue un día especial en la vida de Macedonio. Cuando despertó de aquel letargo tan inconmensurable se vio envuelto en llamas azules que refulgían con más intensidad que el mismo sol. Pero aquello no era un astro. Macedonio notó que la llama intensa se desvanecía conforme se incorporaba y en su lugar millones de estrellas blancas, rojas y azules, salpicadas sobre un manto negro con manchones morados, aparecían por aquí y por allá. Se veían tan cerca que Macedonio creyó por un momento que podría alcanzar alguna. De pronto, aquellos infinitos puntos se juntaron a gran velocidad formando un cúmulo brillosísimo que crecía alarmantemente. Lo que en un principio parecían millones de estrellas, pronto formarían una masa informe que parecía agua suspendida en el espacio ingrávido. Macedonio sintió una inexplicable atracción hacia el objeto y, como si flotara, se acercó poquito a poco y se sumergió en esa gota inmensa que pronto lo enguyó como un cocodrilo lo haría con su presa.

En la Tierra, un carro alargado recorría una avenida importante y la lluvia caía con intensidad. Algunas personas esperaban al vehículo en una casona lúgubre. El carro aparecía entre las grandes coronas que adornaban el lugar e intentaban alegrarlo con flores. Lamentos desgarradores amortiguaban el sonido igualmente desgarrador de decenas de coches que circulaban por doquier, manejados por frenéticos conductores que horas antes eran devorados por cientos de mililitros de alcohol y fumaban el humo tóxico de millones de motores y cigarrillos de mariguana y tabaco. Hoy es un día trágico en la muerte de Macedonio.

jueves, 29 de octubre de 2009

Sebastián

Sebastián cantaba solo en un vagón de tren. Llevaba un morralito donde guardaba sus pocas pertenencias. Sacó una harmónica y empezó a tocar. En aquel lóbrego vagón, con aquel ruido incesante que producía el tren, Sebastían cantaba a ratos y a ratos tocaba. Iba solo, estaba solo, sólo él y su harmónica y su morralito y unos costales viejos y malolientes que se acurrucaban en una esquina de aquel carro nostálgico. Era de noche y Sebastián miraba el paisaje que se dibujaba cada momento, sin perder de vista la silueta escalofriante de los árboles que pasaban a toda velocidad. La tímida luna nueva permitía que las estrellas refulgieran intensamente. De pronto, entre los costales, un conejo se asomó y vio a Sebastián. Luego una rata y un gato salieron de otro lado. Y los tres animales se miraron y miraron la triste figura humana. Se acercaron a ella. Sebastían yacía en la orilla del vagón, su mirada estaba perdida en lontananza, como pensando que las estrellas sucumbirían ante el suave murmullo de su voz y la harmónica. El gato maulló y Sebastián lo ignoró. Entonces los tres animales decidieron hacerle compañia al hombre posándose a su lado. Y él, metiendo la harmónica en su morral, comenzó a acariciar a los animales y cantando, soltó un carcajada y luego comenzó a llorar y a sumirse profundamente en un sueño del que jamás despertaría.

Mateo

Mateo dormía en su cuarto. El sol brillaba ferozmente como si intentara dejar ciego a cualquiera que se atreviera a mirarlo. Mateo soñaba con el pasado fantástico, con el futuro improbable. Las sucias y raídas cortinas dejaban pasar algo más que polvo. Un rayo de luz recorría lentamente la habitación donde Mateo lloraba de alegría, de tristeza y desesperación. La fantasía se convertía en pesadilla y dolor de un presente interminable, de una tristeza endemoniada. El rayo calentó un poco la mejilla de Mateo, intentando evaporar la lágrima que la recorría. La luz se posó sobre sus ojos. La claridad desvaneció el amor y el deseo, la desesperanza y la desesperación. De pronto, despertó.

Mateo enjugó sus ojos limpiando lo que el sol no pudo evaporar, se incorporó y trató de descifrar la hora mientras intentaba descifrarse a sí mismo. Era el medio día. Pasaron sólo unas horas. Caminó hacia el baño y se miró al espejo sin poder reconocerse, el cuerpo sin fuerzas que aun lograba sostenerlo no soportaba más el gran peso de la cabeza. Mateo suspiró profundamente, como queriendo deshacerse de los recuerdos de la pesadilla y de su propia realidad. Cabizbajo y sin esperanzas, se dirigió a la cocina y tomó un vaso de agua y miró por horas dentro de si, era imposible salir de su propio cuerpo. Desconcertado observó el reloj del horno donde calentaría su comida, vio por la ventana y era de noche. El día había terminado. Un día menos en la vida de Mateo y casi era imposible recordarlo.

martes, 27 de octubre de 2009

Sobre la Página de los Mayas

Esta página es el primer sitio web que cree. Ya es vieja y está desactualizada y quizá falte mucho para una actualización, pero es una reliquia intangible con 10 años de vida. Ayer, el servicio gratuito de Yahoo Geocities dejó de existir (cerró, dicen, y con ello, también dejó de existir la dirección que durante estos años mantuvo la página que denominé Cultura:Los Mayas. Ahora, después de tantos años, el sitio ha cambiado de dirección y de dominio y de todo: se han traslalado todos los archivos a Lycos.

Espero que de algún modo no se pierda la continuidad de la página, lamentablemente esto no es posible de asegurar.

La nueva dirección es http://usuarios.lycos.es/ishiba/

Como notarán, la página ya no conserva el nombre que tenía (los_mayas_2000), sin embargo, confío en que pronto las arañas de internet o spiderbots o web crawlers la identifiquen y pueda recuperar su status.

PD: espero que en este nuevo dominio no sólo sea posible actualizar la vieja y roída página (en una nuevo link, para que se conserve la reliquia), si no además, espero que pueda crearse un portalito donde se vinculen toooodas las cosas que he creado. Ni modo, ya lo cantó la difunta, cambia, todo cambia.

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