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jueves, 18 de abril de 2013

Viaje a través del tiempo saliendo de Utopía, con parada en Utopía y sin destino definido.

Esta publicación es en realidad un trabajo académico. He decidido publicarlo (incluso sin estar calificado) porque hacer este trabajo me devolvió algo que la situación actual de este país me había hecho perder:  La esperanza. Espero que algo parecido le provoque a los lectores o al menos se entretengan un rato.

Les advierto que mi prosa deja mucho que desear. Una vez Ishiba me comentó que no le gusta leer filosofía porque los filósofos escriben muy extraño, no se les entiende y llega ser hasta tedioso leerlos. Es probable que, debido a mis lecturas, esté tomando ese mal hábito de escribir para que nadie entienda lo que escribo y la gente se aleje más de la filosofía; si llegara a ser el caso les pido me comprendan y me den una segunda oportunidad. También les voy a agradecer toda crítica constructiva respecto al contenido o la forma.  

Saludos!!



Entre Utopía y Tomás Moro
La obra de Tomás Moro titulada Libellus vere Aureus nec minus salutaris quam de optimo reipublicae statu deque nova insula Utopia, fue publicada en 1516; mejor conocida simplemente como Utopía. Dicho título,  “constituye la denominación de un antiquísimo género literario, muy cultivado antes y después de Moro”.[1]
Si bien este trabajo se enfoca en la utopía de Moro, también tiene la intención de analizar los alcances que ha tenido su pensamiento durante y después del renacimiento; la obra de Moro marcó el pensamiento del hombre renacentista y moderno, incluso la manera de concebir el pasado debido a que la creación semántica de Moro sirvió para referirse a una dimensión del espíritu humano que, a través de la representación más o menos imaginaria de lo que no es, describe lo que debería ser o cómo quisiera el hombre que fuese la realidad”.[2]
En cuanto a la vida del autor basta decir que Tomás Moro nació en Londres en 1478. Pertenecía a una familia de juristas con gran participación en asuntos políticos de Londres; estudió la carrera de Derecho y ejerció desde 1599 hasta 1503. Fue discípulo de Erasmo de Rotterdam y ferviente católico, razón por la cual se negó a firmar el Acta de Supremacía, que declaraba a Enrique VIII suprema y única cabeza de la Iglesia de Inglaterra; por tal motivo, fue condenado a muerte en 1535.  A pesar de sentirse atraído por la vida religiosa en su juventud, Moro decide dedicarse enteramente a la política, aunque nunca abandonó sus estudios humanistas; trabajó por la reforma de la Iglesia de los estudios teológicos y el retorno del espíritu evangélico latente en el origen del cristianismo; rompiendo con los sistemas teológicos medievales. Su notable desempeño en la vida política de Inglaterra le permitió ocupar altos puestos en el gobierno, con lo que se hace de cierto respeto y fama.
Juan José Tamayo afirma que la primera obra que inaugura el género literario utópico propiamente dicho es la Utopía de Moro. En efecto, dicha obra retoma, de alguna manera, el planteamiento platónico expuesto en República, donde la ciudad justa se sustenta en ideas y valores absolutos, además de una educación moralizadora de los ciudadanos en aras del bien de la polis.  Es evidente que antes de Moro ya se habían planteado utopías aunque no fueran consideradas como tal; el término ‘utopía’ es introducido por Moro y a partir de su obra dicho término refiere a construcciones ideales del mundo, partiendo de la crítica de la realidad. Las utopías anteriores a la de Tomás Moro parten o bien de un deseo ilimitado que no se plantea las condiciones reales, sino el ideal o del intento de someter las condiciones reales al ideal. “La de Moro, sin embargo, tiene su base en la esperanza de las posibilidades del ser humano y en viabilidad de una renovación ética. Las utopías anteriores a la de Moro, más que apuntar a renovación volvían hacia atrás, hacia el estado originario del ser humano idealizado en la forma de paraíso perdido”.[3]
En la Antigüedad, Homero, Hesíodo y Platón desarrollan algunos proyectos que podríamos considerar utópicos entre los que cabe resaltar el de Platón, expuesto en la República y las Leyes, debido a la fuerte influencia que tendrá en las utopías desarrolladas durante el Renacimiento. En la Edad Media encontramos a san Agustín y a Joaquín de Fioere principalmente, con diferentes proyectos utópicos cada uno que además difieren de las utopías surgidas en la Antigüedad. En el Renacimiento, siguiendo a Tamayo, surgen las utopías que serán la quintaesencia del género literario utópico y una de las manifestaciones creativas del giro antropológico, que logra combinar la crítica de los males de la sociedad de su tiempo con la propuesta de alternativas que jugaron un papel muy importante en los procesos de cambios que estaban produciéndose. Ejemplos de ello son Moro, Campanella, y Bacon.
En el Renacimiento pueden distinguirse dos tradiciones utópicas originadas en el pensamiento occidental: La tradición judeo-cristiana con una creciente tendencia hacia el milenarismo; “es aquella que basa la esperanza en un tiempo por llegar; la que, consumada la redención, la sitúa en un más allá espiritual; o una tercera, más terrenal que en la línea apocalíptica radicalizada, pretende su realización inmediata en la historia.”[4] La otra tradición latente durante el Renacimiento “fue la grecorromana, donde los elementos de la utopía se hallan presentes desde los mitos de la edad dorada hasta las críticas irreverentes, […] pasando por las grandes construcciones filosóficas y legislativas y los maravillosos excesos de la literatura utópica”.[5] El proyecto que Moro desarrolla en su Utopía  se apega a esta segunda tradición, evidentemente; hace constante referencia a Platón, específicamente a sus preceptos políticos, atendiendo y rescatando en su obra lo que le parece útil en la solución de problemas de su época. Lo anterior, sin embargo, no implicó la renuncia a la fe católica por parte de Moro; a la cual, como ya hemos visto, se mantuvo firme hasta el último momento de su vida.
La Utopía de Moro está presentada en forma de diálogo, sostenido por el propio autor presentado como embajador de Flandes, el humanista holandés Pedro Egidio y el marinero portugués Rafael Hitlodeo, compañero de Américo Vespuccio. Rafael relata su descubrimiento de la extraordinaria isla Utopía. Siguiendo a Wallerstein, Moro no nos deja duda alguna sobre lo que era utópico (estrictamente hablando) en Utopía; es el lugar que no está en ninguna parte. La obra de Moro no es en realidad la detallada descripción de un lugar que de hecho existe, sino la crítica directa de la realidad de su tiempo y espacio; tiene un carácter político secular con pretensiones de un proyecto de vigilancia social; además, tiene la intención de desaprobar el incipiente colonialismo europeo al concebir la relación de los “utopianos” con otros pueblos como modelo ideal de convivencia y, en general, “creía que estas críticas podrían conducir a acciones sociales que corrigieran la situación. Como buen servidor público que era, creía que una reforma legislada podría convertir la utopía en algo real”.[6]
Cabe señalar que los problemas a los que se afrentaban los autores de la época, desde Maquiavelo hasta Moro, era la corrupción, la inestabilidad surgida de una inadecuada organización que traía consigo el desequilibrio generalizado. Sin embargo, la manera de atacar dichos problemas será diferente en cada autor y responderá a los fines de cada cual, lo que estimulará la oposición entre la razón utópica y la razón instrumental, “entre el realismo político de El príncipe, de Maquiavelo, que convierte la razón de Estado en paradigma de la razón política y punto de partida del pensamiento político burgués, y el pensamiento utópico con intencionalidad ética de  Utopía, de Tomás Moro, que constituye una crítica severa a la razón de Estado”.[7]
Entre los elementos de Utopía, se destacan su homogeneidad, reflejada por su geografía, que permite no sólo un aislamiento textual en tanto que isla sino un aislamiento de la concepción del mundo en general. La descripción que hace Moro de Utopía es muy detallada. A tal grado que por la manera de presentarla se le pueden atribuir dos funciones: en primer lugar, la de reiterar la inexistencia de dicha isla, dado que, al dar más y más particularidades sobre ella, más difícil es dar con la isla y su ubicación en el mundo, marcando con ello una concepción literaria de la obra.[8] La descripción detallada también puede ser pensada como crítica y propuesta al mismo tiempo. Para comprender lo anterior, consideremos ciertas características de Utopía que son mencionadas por Moro; por ejemplo, la isla tiene forma de media luna, con una bahía de 17 kilómetros de punta a punta que hace peligroso su acceso a ella sin la guía de un nativo, lo que la protege de ataques extranjeros. Tiene 54 ciudades idénticas en costumbres, instituciones y leyes,  todas a cierta distancia una de otra, distancia que no es ni muy corta ni muy larga sino apropiada. Rafael Hitlodeo la describe como uniforme y rígida en sus leyes preceptos; hay igualdad hasta en la construcción y proporción. La vestimenta responde a rigurosos lineamientos sociales, horas de jornada fijas y las sanciones por no acatar las leyes estrictas e inmutables. En general, ese lugar donde todo funciona de manera ideal es una concepción que apunta hacia la igualdad por encima de la libertad. Retomando la función de crítica y propuesta que tiene la obra de Moro, parece sensato analizar qué finalidad tiene toda esta descripción de Utopía que puede llevar más que a su anhelo, a su desaprobación. No perdamos de vista que Moro no está haciendo una crítica a la libertad, sino a los problemas de su época; entre ellos al individualismo, la cual puede mermarse si se apuesta por la educación y la vigilancia de las acciones de los hombres incitando a éstos a la moderación y alejarse de los vicios, “el hombre de Utopía debía aprender a distinguir el verdadero placer que se hallaba en la mesura y la dulzura de la vida tranquila”.[9] 
En cuanto a la guerra y la colonización, Utopía no es un pueblo sumiso que huya de la guerra a toda costa, de hecho, sólo entran en conflicto bélico con otro pueblo cuando éste intenta invadir su territorio; la guerra es entendida como un instrumento para defender lo propio y no para obtener territorio nuevo. Al respecto parece pertinente agregar que Utopía se encuentra sujeta a ciertas circunstancias geográficas que le permiten el resguardo y una expansión mesurada, por medio de  una colonización pacífica y sensata donde sólo se está permitido obtener nuevas tierras cuando éstas no están siendo aprovechadas. Hay justificación para la expansión pero no de un imperio, sino de la utopía en sí misma.
Pero Moro no es claro al momento de especificar qué cosas del mundo exterior,  es decir, de los otros pueblos, han sido adquiridas por Utopía con ayuda de sus mercenarios bien pagados, de qué manera y qué tanto se había creado Utopía a expensas de otros pueblos. Este elemento en la utopía de Moro dio lugar a distintas posturas frente a su propuesta. En el caso de Engels, Wallerstein asegura que la utopía fue pensada como una ideología, ligada a una clase social como toda ideología.
El término ‘utopía’ empieza a tener más de una concepción, una de las cuales exige que, para crear una utopía, no basta con describirla, su descripción es inútil; se piensa utopía como un constructo que debe ser necesariamente racional metódico y eficiente en el mundo fáctico. La Utopía de Tomás Moro pasa a ser percibida como “una especie de novela filosófica”[10] y que sólo por extensión el término es aplicado a todo ideal político, social o religioso irrealizable, pero que en esencia se piensa como género literario, cayendo fuera de  la consideración filosófica. Tal concepción se debe en gran parte a la manera en que Moro presenta su utopía; al darle una carga literaria tan fuerte y evidente llega a opacar la propuesta que está de fondo dejando sólo a la luz la crítica, haciendo de Utopía un verdadero no-lugar que se encuentra sólo en el imaginario de los hombres inconformes con su presente.
En el intento de rescatar la utopía  pensada como ese constructo ideal del mundo surgen varios proyectos que intentan materializar a la utopía en viejos o en nuevos terrenos según sea el caso; tal es el caso de Vasco de Quiroga, quien apuesta por instaurar la utopía en el Nuevo Mundo, estableciendo una serie de ordenanzas en tres comunidades indígenas partiendo de la propuesta de Moro. Esta serie de proyectos no se vieron realizados  a pesar del correcto discernimiento de sus fundadores entre lo que era mera narrativa y la propuesta reformadora en la obra de Moro; el problema fue que pensar en la materialización de utopía representaba en sí mismo un contrasentido.
Todo modelo utópico, en su totalidad, (incluido el de Moro) tiene la singularidad de no tener cabida en el mundo fáctico; el no-lugar es, sin duda, la verdadera identidad de la utopía, lo que nos invita a pensarla como una ideología evanescente que, en cuanto se pretende materializar, pierde su aparente carácter reformador, manteniendo sólo su función crítica del mundo; dando pie a situar en el mismo lugar, por su contenido y forma, a la Utopía de Moro, a Un mundo feliz de Huxley y a Lotería solar de K. Dick.
Una lectura de Moro estrictamente narrativa no rescata varios elementos que el autor intenta mostrar, como su desconfianza hacia la bondad humana y al hombre en general; “creía posible que, a pesar de la correcta educación impartida en su isla, los alaopolitas podían rebelarse o seguir sus instintos no del todo domeñados y, en ese caso, resultaba lógico que, puesto que el orden social era el mejor posible, la sanción fuera la más grave.”[11] Es justamente la conciencia que tiene Moro de que, incluso en el orden social perfecto, se necesitan leyes que inciten a los hombres a hacer el bien, lo que hace de su pensamiento utópico algo más que un ideal inalcanzable. Además, dichas leyes deben promover la prudencia de los gobernantes, no promover el incremento de su dominio, para que éstos se dediquen al buen gobierno de lo propio.
La utopía de Moro en contraposición a los proyectos utópicos inspirados en la mítica edad dorada o en el paraíso judeo-cristiano, es una utopía auténtica al proponer la instauración de un nuevo y mejor orden social que está al alcance del hombre. La crítica del orden social es una constante, como ya vimos, en toda utopía, sea pensada como literatura y/o propuesta reformadora; pero la utopía de Moro no está fundamentada en la inocencia del hombre, o la abundancia de la naturaleza, no pretende la convergencia de lo mítico o lo sagrado con lo humano, con la historia real del hombre y, en ese sentido, es un constructo meramente humano. La utopía se conecta entonces con la historia y con la colectividad.
La reivindicación del término ‘utopía’ inicia con Bloch. Para él, “el principio fundamental del cambio social es la presencia del concepto utópico o tendencia utópica en la humanidad.”[12] Se retoma el camino que Moro había decidido darle al concepto de utopía como propuesta de posibilidad de cambio, partiendo, claro, de la crítica del mundo pero no quedándose en ella sino analizando los errores del mundo fáctico y buscando soluciones que, puestas en un contexto fuera de todo contexto, (por decirlo así) funcionaran; o al menos arrojaran luz sobre lo que se debe tomar en cuenta al momento de instaurar un nuevo orden social,  porque, “si hacemos caso omiso de las utopías, también habremos hecho caso omiso de la voluntad racional.”[13]
Sin embargo, en esta nueva concepción de la utopía donde su realidad depende “principalmente de su cualidad de ser esperanza y proyecto colectivos configurados en relación con las condiciones históricas”[14],  la utopía de Moro no figurará, en primera instancia, como una utopía reformadora; en parte por la marcada tendencia de Bloch hacia el milenarismo judeocristiano y al marxismo, a los cuales sí identifica como verdaderos movimientos utópicos. Siguiendo esta línea de argumentación podría decirse que la utopía de Moro se reduce a ficción, y que surge de un pensamiento o proyecto individual (en este caso el de Moro) sin estar mediada por los deseos y la voluntad de la colectividad, ni por las condiciones histórico-materiales de la realización. La concepción propia del mundo ideal siempre queda trunca, pues es la propuesta del mundo ideal de un hombre nada más. La utopía es personal o de colectivos concretos, las diferencias entre las diversas aproximaciones a la realidad crea discordia entre los hombres y, por lo tanto, hay insatisfacciones varias y variadas. A pesar de que toda utopía surge de la crisis de la verdad, siempre se nos escapa la posibilidad de conocer o aprehender la contingencia que acompaña a le verdad tal y como se nos presenta; la utopía se vuelve el conjunto de condiciones establecidas de manera arbitraria por un individuo; en el producto de la negación humana de la realidad de la que el hombre no puede escapar.
Pero la contribución de Moro no es el planteamiento de su visión del mundo como única alternativa de cambio, como hemos visto anteriormente. Su contribución es platear la posibilidad de cambio y la introducción de un concepto nuevo, a saber, el de utopía; en el que se ponen más expectativas que en las ideologías, éstas consideradas como “ideas que trascienden la situación, pero nunca logran realizar de hecho aquello que proyectan, porque se mantienen dentro de la cosmovisión vigente. […] Las utopías no van a la zaga del presente; buscan superar la fase ya lograda y sobrepasarla en el plano intelectual y, si es posible, en la práctica.”[15]La utopía también difiere de la ideología en que es necesaria para que persista en el hombre un ideal; el hombre puede no engendrar ideología alguna, pero nunca dejará de cultivar su propia utopía o alguna utopía colectiva; de lo contrario, se convertiría en una simple creatura de impulsos, dejando de lado el correcto uso de la razón. Una utopía será racional siempre y cuando cumpla con lo siguiente: Ser consistente, sensible, relevante respecto a la realidad social y no ser dogmática.
Dicho lo anterior, cabe aclarar que las utopías renacentistas en general no son consideradas irracionales a pesar de estar presentes en ellas la justificación de la esclavitud, (tal es el caso de la utopía de Moro) por ejemplo; porque sus creadores ofrecen una concepción global de la sociedad que se adapta a los problemas de tu tiempo y espacio.
A lo largo del trabajo he insistido en ciertos puntos y criterios para analizar la Utopía de Moro. Uno de ellos y es situar a Tomás Moro en su contexto histórico, social y político, además de tener siempre presente las funciones públicas que desempeñaba, su educación e influencias; todo lo anterior hace evidente su concepción de Estado y lo que de él espera. Tampoco hay que perder de vista que el nuevo orden social que propone pretende resolver problemas concretos en la Inglaterra de su época; no ofrece la solución universal y necesaria para el mal de los hombres que viven en sociedad, sea cual sea su situación, y no debe ser entendido de esa manera ni se le debe exigir ese grado de generalización.
Otro punto a resaltar para el estudio de la utopía en Moro, es que, si bien su Utopía instauró un nuevo género literario debido a la narrativa del autor, su proyecto y propuesta no es la fundación de Utopía, sino la transformación social contenida en la obra. No es simplemente la descripción de la nación perfecta que no está en ninguna parte; eso, podría decirse, es incidental en tanto que es la manera más conveniente de plantear su teoría. Utopía es el lugar ideal para plasmar su pensamiento, el lugar que no está en ninguna parte, he ahí la crítica más fuerte de Moro: La nación perfecta no existe; está en ninguna parte.
Sin embargo, el hecho de que la nación perfecta no exista en el mundo real no significa que no se deba aspirar a ella, no ya para alcanzarla sino para mantener a la sociedad en continuo movimiento hacia el progreso, movida por la esperanza de lograr la plenitud. El giro antropológico de la utopía de Moro respecto a las utopías anteriores hace que su obra sea una invitación al progreso social; el Hombre tiene en sus manos la posibilidad de cambiar el orden social para bien, por medio de una correcta legislación, guiada por la razón y no por las pasiones.
Tomás Moro le puso nombre a una idea que ha estado presente en el Hombre desde siempre: la idea de que hay algo mejor que lo actual; que más allá de nuestra vista, se encuentra el mundo tal y como nos gustaría que fuera en todo el esplendor de su bondad, que ahí nos acoge en su cálida y tan esperada materialización, en donde lo ideal es realidad y en donde, por fin, el Hombre está completo, pleno y feliz.
Sin esta esperanza de alcanzar lo inalcanzable, de encontrar Utopía, el ser humano no es más que una creatura que sólo sobrevive; que no espera nada de nadie, ni siquiera de sí mismo; es un hombre completamente infértil, no diferente a un muerto. En ese sentido, podríamos decir que el pensamiento utópico es el alma de la sociedad, su potencia; capaz de entrar en acto en ciertos momentos de la historia y producir el cambio o el movimiento de la potencia al acto, un movimiento social en aras del progreso.
Esa última cualidad formal de la utopía hace evidente otra singularidad más: La utopía no se encuentra fuera del tiempo real, no es anacrónica. El hecho de que la utopía tenga la cualidad ser el no-lugar, no implica que no tenga temporalidad; de hecho tenemos pruebas contundentes de ello. Ciertos pensamientos utópicos han marcado el rumbo de la historia humana, han sido la motivación para generar un cambio, incluso aquellas utopías que aparentemente han quedado estancadas en la literatura, han producido un cambio en la mentalidad y concepción del mundo. La utopía es posibilidad de “algo mejor”, eterno e inmutable; una semilla siempre fecunda de posibilidad. Así lo muestra Rafael de Hitlodeo al final de su relato sobre Utopía:
Mucho celebro que una forma de Estado que yo desearía para la comunidad entera les haya al menos cabido en suerte a los Utópicos, quienes, regulando su vida por las instituciones que he dicho, echaron los sólidos cimientos de una república a la par felicísima y por siempre duradera, en cuanto humanamente es posible conjeturarlo. Porque extirpadas en ellas las raíces de la ambición y de los partidos, ya están sin temor de discordias intestinas que por sí solas se bastan para arruinar las ciudades mejor organizadas. Mas en este caso la armonía en que viven y sus saludables instituciones impiden que la envidia de los príncipes colindantes se atreva a perturbar o agitar su tranquilidad, como ya se intentó varias veces en otros tiempos, siempre sin resultado. [16]


BIBLIOGRAFÍA
  • ·         Abbagnano, Nicola, Diccionario de filosofía, trad. de José Esteban Calderón, 4ta. ed., FCE, México, 2004.
  • ·         Barabas, Alicia, Utopías indias: Movimientos sociorreligiosos en México, 3ra. ed., INAH, México, 2002.
  • ·         Moro, Tomás,  Utopía en Utopías del Renacimiento/Tomás Moro, Tomaso Campanella y Francis Bacon, colección Popular, trad. de Agustín Millares Carlo y Agustín Mateos, FCE, México, 1941.
  • ·         Reale, Guiovanni y Dario Antiseri, Historia del pensamiento filosófico y científico: Del humanismo a Kant, 3ra. Ed., Herder, Barcelona, 1999. Tomo segundo.
  • ·         Serrano Gassent, Paz, Vasco de Quiroga: Utopía y derecho de conquista de América, FCE, Madrid, 2001.
  • ·         Tamayo, Juan José, Invitación a la utopía: Estudio histórico para tiempos de crisis, Trotta, Madrid, 2012.
  • ·         Wallerstein, Immanuel, Impensar las ciencias sociales: Límites de los paradigmas decimonónicos, 3ra. ed., Siglo XXI/UNAM, México, 2003.




[1] Reale, Historia del pensamento filosófico y científico II, p. 125.
[2] Ibidem.
[3] Juan José Tamayo, Invitación a la utopía, p. 78.
[4] Paz Serrano Gassent, Vasco de Quiroga; Utopía y derecho en la conquista de América, p.35
[5] Ibid., p. 38.
[6] Immanuel Wallerstein, Impensar las ciencias sociales, p. 187.
[7] Tamayo, op. cit., p. 144. “La razón de Estado y la razón utópica son dos nuevas categorías claramente renacentistas que surgen como respuesta a la crisis sufrida en Europa en todos los terrenos al desmantelarse las creencias e instituciones del Medioevo. Los creadores de ambas categorías, Maquiavelo y Moro van fundamentar sus propuestas en la antigüedad clásica: Maquiavelo en Tito Livio, Moro, la República de Platón. […] Maquiavelo utilizaba la religión a favor de la razón de Estado, que no atiende a criterios morales. […] Maquiavelo se erige así como un pensador pragmático que atiende al realismo y utilitarismo políticos.” (J.J. Tamayo, op. cit., p. 74.)  La razón utópica queda expuesta más adelante; es la propuesta de Moro plasmada en su Utopía.
[8] Sobre la interpretación estrictamente literaria de la Utopía  volveré más a delante.
[9] Serrano,  op. cit., p. 50.
[10] Nicola Abbagnano, Diccionario de filosofía, p. 1068.
[11] Serrano, op. cit.,  p. 51.
[12]Alicia Barabas, Utopías Indias; movimientos sociorreligiosos en México,  p. 89.
[13] Wallerstein, op. cit., p. 201. Citando a Mannheim.
[14] Barabas, op. cit., p. 90.
[15] Tamayo, op. cit., p. 165.
[16] Tomás Moro, Utopía, p. 138.

1 comentario :

  1. ya viste el libro Utopística o las opciones históricas del Siglo XXI? es de Wallerstein ;)

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