career (n.) 1530s, "a running (usually at full speed), a course" (especially of the sun, etc., across the sky), from French carriere "road, racecourse" (16c.), from Old Provençal or Italian carriera, from Vulgar Latin *(via) cararia "carriage (road), track for wheeled vehicles," from Latin carrus "chariot" (see car). The sense of "general course of action or movement" is from 1590s, hence "course of one's public or professional life" (1803). https://www.etymonline.com/word/career#etymonline_v_5378
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carrera (sust.) Años 1530, "una carrera (generalmente a toda velocidad), un recorrido" (especialmente del sol, etc., a través del cielo), del francés carriere "camino, pista de carreras" (siglo XVI), del provenzal antiguo o italiano carriera, del latín vulgar (via) cararia "camino para carruajes, vía para vehículos con ruedas", del latín carrus "carro" (ver car). El sentido de "curso general de acción o movimiento" data de 1590, de ahí "curso de la vida pública o profesional de una persona" (1803).
Fui muy fan del fútbol cuando tenía entre 9 y 11 años. Jugaba como defensa derecho con los Lobos Neza, las fuerzas básicas de los Toros Neza. El maestro Bernardo nos entrenaba en el Deportivo del Parque del Pueblo. Recuerdo al Gorila, que era un medio central de baja estatura que parecía que había nacido con el balón pegado a los pies. Recuerdo a los Hermanos Korioto (francamente no recuerdo sus nombres reales). Los hermanos Korioto eran unos hermanos que jugaban muy bien: uno era defensa medio, grande, con quien yo tenía que coordinarme junto a Rodolfo, el defensa izquierdo, y el otro era el delantero central, una máquina de hacer goles. Ahí aprendí que me gusta correr y patear, y sufrir un poquito, y esquivar golpes y barridas, pero también no dejarme intimidar por grandulones ni por los trallazos. Sin embargo, no valoré lo que significaba correr porque normalmente era yendo arriba o abajo de una cancha cuando jugaba o yendo alrededor de la cancha cuando entrenábamos. Al final del calentamiento mis piernas temblaban, y antes de esto, lo que más odiaba era precisamente correr para calentar pues siempre atribuía la temblorina al agotamiento que ocasiona el calentamiento. Todavía recuerdo las múltiples ocasiones que corrí para calentar, ya sea para entrenar fútbol o Educación Física en la secundaria, y que después de trotar unos 10 minutos o quizá 20, cuando nos decían que debíamos parar, mis piernas parecían querer seguir moviéndose. Una sensación tan inquietante como placentera, pero que en aquellos años no entendía.
En la cuadra jugábamos mucho fútbol y basket, también llegamos a jugar beisbol y fútbol americano, lo mismo que carreritas a pie o en bici. Pero Michael Jordan, Shaquille O'Neal, Magic Johnson o Dennis Rodman, el Dream Team y hasta Space Jam, nos hacían muchas ilusiones. Unos vecinos montaron una canasta enfrente de su casa, una canasta muy bien hecha, no la clásica con la base que es una llanta rellena de concreto, no, no, montaron unas estructuras en la banqueta y el tablero era grande y lo grafitearon chido, y ahí todos jugábamos. Bueno, los niños jugábamos cuando los «adultos» nos dejaban.
¿Esta historia es de privilegio? No. Tampoco de mi desarrollo como atleta. Esta historia cuenta cómo me fui haciendo más deportista conforme más crecía, y cómo hoy, además de escribir sobre mi vida, y sobre los placeres de hacer ejercicio, no puedo dejar de quejarme.
Del metro Eugenia tomaba la línea 3 del metro para irme a CU y luego a la ENAH. Mis clases en la ENAH empezaban entre 4 y 6 de la tarde. Como a las 9 o 10 de la noche comenzaba el viacrucis de regreso a Neza. Si todo salía chido liro, llegaba a la casa a las 11:30PM, pero si había tráfico o el Metro se iba parando, pues obviamente llegaba a media noche o incluso después de la media noche. Procuraba tomar las clases que acababan a las 8 y no a las 9, y cuando salía a las 10 era más bien porque me quedaba a chismear.
En 2008, un año después de que iniciara la pandemia de A/H1N1 yo me enfermé. Estuve muy mal por una semana. Empezó todo tranquilo, con un leve dolor de cabeza, escalofríos, escurrimiento nasal, dolor de cuerpo y estornudos. El segundo día, ya con Tamiflú en la sangre, tuve un montón de calentura, llegué a tener casi 40 y casi contra mi voluntad tuve que darme un regaderazo. Luego tuve jaqueca de 24 horas, sí, jaqueca, migraña pues. Luego en cama pasé todo un día. Luego la recuperación del dolor del cuerpo. Todo me dolía. El dolor, de hecho, se me quitó casi 3 meses después. Dejé la natación y el kung fu, y no pude regresar por casi 3 años.
Después de unos meses retomé la bici e intenté hacer ejercicio pero mi cuerpo no me dejó. Luego empecé la maestría y traté de ir a nadar y correr pero sólo pude andar en bici para ir a la universidad hasta que me la robaron (la bici, no la universidad), y la natación pude hacerla por tiempo limitado por trabajo en campo. Regresé a México, sin embargo, con ganas de retomar el kung fu pero sólo logré regresar por poco menos de un año. Intenté correr en el bosque de Tlalpan y mantuve la bici para tramos cortos. No pude realmente regresar a los tiempos anteriores a la pandemia de A/H1N1. Mi primer pandemia.
Así anduve. La carrera más larga antes de Pokémon Go fue con Giorgia, al Castillo de Brancepeth, nos echamos como 7 kilómetros. Esta osadía desbloqueó mi miedo a correr largas distancias pero no mi miedo a la barrera de los 3 kilómetros de forma cotidiana. Un día, sin embargo, armado con mi celular, Pokémon Go y unos huaraches de charol que compré en Chiepetlán, me dí a la tarea de cazar pokemones más raros. Después de jugar un rato este juego que resultó asquerosamente adictivo, descubrí leyendo en foros de consulta de frikis que juegan Pokémon Go, que los pokemones que me salían a 3 kilómetros de la casa casi siempre iban a ser los mismos, y que para tener mejores pokemones y a veces más extraños uno tenía que ir más lejos. Y decidí ir más lejos. Corrí 5 kilómetros, y luego 7 y luego 10. Y luego terminé por invitar a correr de manera cotidiana a Giorgia (sin cazar pokemones), pero también a Emanuel y Andrea, con quienes terminé formando el mini grupo de corredores los Tres Caballeros. Y fue con ellos con quienes pasé de 10 a 15 y a 18 y luego hasta armé un medio maratón y nos regalé unas medallas para conmemorar el evento. En esa ocasión nos dimos un mega rol por Durham, corrimos como 3 horas por diferentes lugares y terminamos en The Sands, donde nos esperaban Giorgia, Giuseppe y Bárbara con agua y botanas, aunque no celebramos mucho porque hacía mucho frío y hasta empezó a nevar.
Luego llegó mi segunda pandemia. Seguí corriendo pero era diferente pues corría solo o con Giorgia, o ella corría sola cuando yo andaba medio podrido. El caso es que poco antes de la pandemia, cuando empecé a correr más cotidianamente, me sentí raro una vez más y fui al doctor y fue cuando el Dr Wolly (pues creo que así se llamaba) me diagnosticó síndrome de fatiga crónica, y me recomendó ir a la clínica de Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica (EM/SFC), pero ahí me dijeron que no tenía EM/SFC tal cual, aunque quizá sí pero que mis síntomas igual no eran tan graves. El caso es que yo empecé a investigar. Resulta que hay virus que pueden "activar" el EM/SFC, y posiblemente algunos virus como el A/H1N1 es uno de ellos. El Dr Wolly fue quien me dijo que cuando estuviera cansado debía descansar, pero que cuando estuviera con mucha pila, literalmente debo pensar que soy una pila que si hace mucho esfuerzo termina descargándose.
Así que desde entonces procuro ser más cauto con mis actividades. Desde entonces fue que comencé a correr más y más. Noté que correr me daba más energía a largo plazo. Yo creo que el ejercicio cardiovascular hace algo en mis arterias que las desapendeja y evita que me duelan los músculos. No es una coincidencia que cuando llegó el Covid y dijeron que atacaba el sistema vascular, entendí muy bien por qué la gente se moría y entendí bien por qué daba el ahora tristemente famoso long-covid. Si bien el virus no atacaba las arterias, sí que las inflamaba y esto generaba complicaciones. Yo creo que tanto el A/H1N1 y el SARS Cov2, dañan el sistema vascular y pues el long-covid o covid-largo no es otra cosa que una enfermedad de las arterias, y al mismo tiempo, sus síntomas se parecen muchísimo a los de la Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica (EM/SFC). Yo creo que correr ayuda justamente porque cuando haces ejercicios cardiovasculares, oxigenas bien el cuerpo y lo sacas de su letargo. Claro que siempre encontrarán explicaciones más técnicas y más precisas (https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9895315/). El caso es que no he dejado de correr desde entonces.
He pasado tanto tiempo aquí que no quiero irme, pero mis piernas quisieran salir corriendo de aquí. Corro, vuelo, me acelero, como dice la canción de Timbiriche, pero al mismo tiempo siento que he dejado de correr, volar y acelerarme. Durham se ha convertido en Punxsutawney, Pensilvania, pero aquí no hay marmotas como Phil. Hay conejos, muchos. Un día, yendo en carro motorizado, sin ir a las carreras, regresando de Newcastle, un conejo comenzó a correr hacia el carro. La carroza motorizada no le pasó con las llantas por encima ni le pegó de frente, pero su cuerpo rebotó debajo de la carrocería. Era de noche y no vi nada por el espejo retrovisor. Quizá el alma del conejo ya está en carrera de salvación en un purgatorio de animales. Por lo mientras yo seguiré corriendo en Durham, en el barrio lineal de Campo de la Pradera, mejor conocido como Meadowfield, disfrutando del oxímoron climatológico y social donde puedes encontrar el calor de nuevas amistades que irremediablemente contrastará con el frío eterno, inmóvil, casi pasmado, pero que se agita con aterrador dinamismo al recibir los intensos vientos del Mar del Norte. Aquí no hay una marmota que prediga el fin del invierno porque el invierno parece nunca acabar. Lo cual me hace pensar que aunque yo no viva en Punxsutawney, me parezco al personaje interpretado por Bill Murray, Phil, justamente en la película Groundhog Day:
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Ishiba RO © 2025, CC BY-NC-SA |
Hacer carrera
Desde que tengo uso de razón me ha gustado el atletismo. Desafortunadamente no es fácil practicarlo cuando vives en Neza. Correr es peligroso si eres un niño y para todo lo demás necesitas equipo (bueno, para correr también, unos buenos zapatos de menos). Si lo veo en perspectiva, la verdad no me puedo quejar. Tuve acceso a un costal de arena para boxear, y también una pera loca que nunca usé. También llegué a tener una manopla, una bola para jugar béisbol y el bate todavía está cerca de la entrada de la casa porque hasta ahora, en mis pesadillas chilangas, me imagino que alguien entra a la casa y mi bate es el arma con la cual defenderé a mi familia. Una pesadilla que empezó desde que era adolescente. También tuve un balón de fútbol americano que un día quise manejar como balón de basketball (que también tuve) y pasó lo que tenía que pasar: rebotó en mi cara con fuerza, me pegó fuertemente en la nariz y desde entonces creo que la tengo chueca y no me ha vuelto a salir sangre. También tuve oportunidad de aprender a nadar en una alberca que estaba en Sur 20 y Rojo Gómez, era una alberca chiquita pero calientita.Fui muy fan del fútbol cuando tenía entre 9 y 11 años. Jugaba como defensa derecho con los Lobos Neza, las fuerzas básicas de los Toros Neza. El maestro Bernardo nos entrenaba en el Deportivo del Parque del Pueblo. Recuerdo al Gorila, que era un medio central de baja estatura que parecía que había nacido con el balón pegado a los pies. Recuerdo a los Hermanos Korioto (francamente no recuerdo sus nombres reales). Los hermanos Korioto eran unos hermanos que jugaban muy bien: uno era defensa medio, grande, con quien yo tenía que coordinarme junto a Rodolfo, el defensa izquierdo, y el otro era el delantero central, una máquina de hacer goles. Ahí aprendí que me gusta correr y patear, y sufrir un poquito, y esquivar golpes y barridas, pero también no dejarme intimidar por grandulones ni por los trallazos. Sin embargo, no valoré lo que significaba correr porque normalmente era yendo arriba o abajo de una cancha cuando jugaba o yendo alrededor de la cancha cuando entrenábamos. Al final del calentamiento mis piernas temblaban, y antes de esto, lo que más odiaba era precisamente correr para calentar pues siempre atribuía la temblorina al agotamiento que ocasiona el calentamiento. Todavía recuerdo las múltiples ocasiones que corrí para calentar, ya sea para entrenar fútbol o Educación Física en la secundaria, y que después de trotar unos 10 minutos o quizá 20, cuando nos decían que debíamos parar, mis piernas parecían querer seguir moviéndose. Una sensación tan inquietante como placentera, pero que en aquellos años no entendía.
Ishiba RO © 2025, CC BY-NC-SA |
Carrera. 22: f. Camino, medio o modo de hacer algo.
En la secundaria fue diferente. Estaba decepcionado del fútbol (los Toros Neza desaparecieron del radar cuando perdieron contra las Chivas y yo dejé de entrenar con Los Lobos porque desde entonces mi vida se movió hacia Iztapalapa). La era Michael Jordan estaba en boga. Todos queríamos saltar más que correr. A mi no me pasaron el memo de que además de saltar había que agarrar un balón, ni tampoco que se necesitaba hacerlo pasar por una canasta. Y si bien ahora puedo decir que no soy bajo de estatura, para el basketball, a mis 11 años, era un escupitajo de niño. Mi cabeza era proporcionalmente muy grande para mi cuerpecito de bailarina de ballet, por lo que inmediatamente se me asignaron apodos muy ingeniosos. Saúl, el Sapito, usaba sus grandes ojos para notar cada detalle en cada uno de nosotros y era quien oficialmente ponía los apodos a todos. Mi cabeza era quizá tan grande como el balón de baloncesto, y por tanto fui el UFO, el Ovni, el Alien, el Moby Dick, el Efrén, y mi favorito, El Mirindo, en honor al comercial de Mirinda donde salían los cuates del Blue Man Group.En la cuadra jugábamos mucho fútbol y basket, también llegamos a jugar beisbol y fútbol americano, lo mismo que carreritas a pie o en bici. Pero Michael Jordan, Shaquille O'Neal, Magic Johnson o Dennis Rodman, el Dream Team y hasta Space Jam, nos hacían muchas ilusiones. Unos vecinos montaron una canasta enfrente de su casa, una canasta muy bien hecha, no la clásica con la base que es una llanta rellena de concreto, no, no, montaron unas estructuras en la banqueta y el tablero era grande y lo grafitearon chido, y ahí todos jugábamos. Bueno, los niños jugábamos cuando los «adultos» nos dejaban.
Cuando iba a entrar a la secundaria, mi mamá había investigado cuál era la mejor secundaria de la zona y resulta que la mejor, según, era la 117 “Gabriela Mistral” y aunque yo patelee y me enojé bien feo cuando contra mi consentimiento me llevó a inscribir ahí y no a la Secundaria Técnica que yo quería (de cuyo nombre no puedo y quizá no quiero acordarme), donde varios de mis amigos de la Primaria Emiliano Zapata según iban a estudiar. Y pues yo terminé en el turno vespertino ahí en la 117, y agradezco que mi mamá haya tomado esa decisión. Yo era un escuincle de menos de 12 años, que no sabía nada de la vida. Pero antes de salir de la secundaria, sí tuve la posibilidad de decidir a qué escuela quería ir. Aquí es donde el examen del Comipems entraba al quite. Si lograba obtener los aciertos necesarios, podía ir a la Prepa 2 de la UNAM, si me iba mal en el examen, de todos modos tenía mi segunda, tercera y hasta cuarto opción. Y pues, modestia aparte, pero me la rifé. Y terminé en la Erasmo Castellanos Quinto.
Cuando entré a la prepa tenía 14 años. Me metí al equipo de atletismo, pero para entonces ya estaba medio maleado. Tres años de secundaria en Iztapalapa no pasaron en vano. En la prepa intenté saltar vallas pero fallé porque son muy altas. También intenté correr velozmente pero tampoco funcionó. En la prepa fue cuando por primera vez me sentí ajeno a la sociedad chilanga, o al menos a esa sociedad chilanga: una sociedad preparatoriana con pretensiones intelectualoides, o en el mejor de los casos, gente que sabía un chingo más que yo y que había tenido oportunidades que yo no tuve. En la primaria y en la secu casi todos estábamos igual de jodidos y veníamos de barrios similares, igualmente jodidos, y los dos o tres del grupo que eran más privilegiados, ni modo eran raspa. Pero en la prepa todo cambió. Experimenté los inicios de lo que se conoce como movilidad social. Por equis o ye, pero yo creo que en gran medida gracias a mi mamá y pragmatismo fortuito, tuve la oportunidad de conocer a los chavos y chavas chilangos que no habían nacido en la periferia de la ciudad.
Cuando entré a la prepa tenía 14 años. Me metí al equipo de atletismo, pero para entonces ya estaba medio maleado. Tres años de secundaria en Iztapalapa no pasaron en vano. En la prepa intenté saltar vallas pero fallé porque son muy altas. También intenté correr velozmente pero tampoco funcionó. En la prepa fue cuando por primera vez me sentí ajeno a la sociedad chilanga, o al menos a esa sociedad chilanga: una sociedad preparatoriana con pretensiones intelectualoides, o en el mejor de los casos, gente que sabía un chingo más que yo y que había tenido oportunidades que yo no tuve. En la primaria y en la secu casi todos estábamos igual de jodidos y veníamos de barrios similares, igualmente jodidos, y los dos o tres del grupo que eran más privilegiados, ni modo eran raspa. Pero en la prepa todo cambió. Experimenté los inicios de lo que se conoce como movilidad social. Por equis o ye, pero yo creo que en gran medida gracias a mi mamá y pragmatismo fortuito, tuve la oportunidad de conocer a los chavos y chavas chilangos que no habían nacido en la periferia de la ciudad.
Casi todos se me figuraban privilegiados y había dos o tres ñeros en el grupo, y ahí estaba yo entre ellos. En la prepa fue cuando noté que mi forma de hablar era diferente. Entre los privilegios que noté fue que algunos de mis compañeros, a sus 14 o 15 años, ya iban al gimnasio o habían recibido algún tipo de entrenamiento en atletismo, o incluso algunos ya entrenaban desde tiempo atrás en la misma preparatoria. Iba en la preparatoria 2, una preparatoria que tiene Iniciación Universitaria, que es como cursar la secundaria ahí mismo, así que si tus papás lograban que fueras aceptado en la Prepa 2, como Iniciación Universitaria, tenías a tu disposición el gimnasio.
Tampoco es que mis compas fueran aristócratas, pero digamos que sí se notaba quienes llegaban del centro de la ciudad y quienes llegábamos de la periferia. Yo elegí la Prepa 2 porque quedaba relativamente cerca de La Perla, y estaba dispuesto a irme a la Prepa 6 en Coyoacán, que decían que tenía alberca, pero por ejemplo, un privilegio que yo tuve casi los tres años de Prepa es que mi mamá, cada que entraba a las 8AM, siempre me dio ride. Pero justamente en esta etapa conocí compas que llevaban su propio coche.
El caso es que para bien o para mal, la Prepa 2 estaba más cerca de Neza que otras escuelas de educación media superior (no tan cerca como el CCH Oriente, pero aunque envidiaba sus áreas verdes y campos, la verdad es que yo quería prepa y hasta hoy no se por qué quería prepa). Hablando de movilidad social, o dicho de una forma más «cinematográfica», «Un ñero conoce la taberna del Lobo Estepario», la variabilidad de formas, colores, estilos, modos, historias, ideas e ideologías, se multiplicó de manera exponencial gracias a la posibilidad de entrar a esta escuela. Me entristece un poco que con la desaparición del Comipems muchas personas quizá no vayan a poder experimentar esto que en inglés llaman melting pot. Porque sí, porque la ciudad de México es una ciudad super cosmopolita y aunque mi barrio en Neza tiene una fauna bastante abundante y diversa, no se podía comparar con el hormiguero que pululaba en la Prepa 2. Quizá si en el futuro las demás escuelas de nivel medio logran mejorar sus instalaciones, infraestructura, planta docente, y oferta educativa, y logran competir con el Politécnico y la UNAM, quizá la desaparición del Comipems no sea tan funesta. Como sea, temo que su desaparición reducirá las opciones de muchas personas que, como yo, sólo conocíamos la UNAM y el Poli por reputación y demanda, según indicaban los folletos y la guía de estudio para el examen de admisión.
En fin, en gran medida gracias al melting pot en el que me encontraba, yo y un amigo nos hicimos fanáticos de saltar la cuerda. Éramos muy buenos. Ya sea saltando de forma individual o en grupo hasta con dos cuerdas. Les hablo de 1997-1998. Y simultáneamente nos metimos al equipo de atletismo a lanzar jabalinas. Y no éramos malos. Y así fue como tuve mi primer carrera oficial, en las islas de CU. Sólo 3km. Casi morimos. Pero si esto no me mató, tampoco me mataría la vez que estaba con mi mamá y mi hermana Pau, estaba tomando fotos ahí en Bellas Artes. Les dije, «ahorita vengo, voy rápido a tomar unas fotos del otro lado de la Alameda». Yo creo que tenía como 17 o 18 años, por ahí del año 2000. Y pues me fui corriendo hasta el monumento a la Revolución, tomé las fotos y regresé corriendo a Bellas Artes. Nada mal.
Tampoco es que mis compas fueran aristócratas, pero digamos que sí se notaba quienes llegaban del centro de la ciudad y quienes llegábamos de la periferia. Yo elegí la Prepa 2 porque quedaba relativamente cerca de La Perla, y estaba dispuesto a irme a la Prepa 6 en Coyoacán, que decían que tenía alberca, pero por ejemplo, un privilegio que yo tuve casi los tres años de Prepa es que mi mamá, cada que entraba a las 8AM, siempre me dio ride. Pero justamente en esta etapa conocí compas que llevaban su propio coche.
El caso es que para bien o para mal, la Prepa 2 estaba más cerca de Neza que otras escuelas de educación media superior (no tan cerca como el CCH Oriente, pero aunque envidiaba sus áreas verdes y campos, la verdad es que yo quería prepa y hasta hoy no se por qué quería prepa). Hablando de movilidad social, o dicho de una forma más «cinematográfica», «Un ñero conoce la taberna del Lobo Estepario», la variabilidad de formas, colores, estilos, modos, historias, ideas e ideologías, se multiplicó de manera exponencial gracias a la posibilidad de entrar a esta escuela. Me entristece un poco que con la desaparición del Comipems muchas personas quizá no vayan a poder experimentar esto que en inglés llaman melting pot. Porque sí, porque la ciudad de México es una ciudad super cosmopolita y aunque mi barrio en Neza tiene una fauna bastante abundante y diversa, no se podía comparar con el hormiguero que pululaba en la Prepa 2. Quizá si en el futuro las demás escuelas de nivel medio logran mejorar sus instalaciones, infraestructura, planta docente, y oferta educativa, y logran competir con el Politécnico y la UNAM, quizá la desaparición del Comipems no sea tan funesta. Como sea, temo que su desaparición reducirá las opciones de muchas personas que, como yo, sólo conocíamos la UNAM y el Poli por reputación y demanda, según indicaban los folletos y la guía de estudio para el examen de admisión.
En fin, en gran medida gracias al melting pot en el que me encontraba, yo y un amigo nos hicimos fanáticos de saltar la cuerda. Éramos muy buenos. Ya sea saltando de forma individual o en grupo hasta con dos cuerdas. Les hablo de 1997-1998. Y simultáneamente nos metimos al equipo de atletismo a lanzar jabalinas. Y no éramos malos. Y así fue como tuve mi primer carrera oficial, en las islas de CU. Sólo 3km. Casi morimos. Pero si esto no me mató, tampoco me mataría la vez que estaba con mi mamá y mi hermana Pau, estaba tomando fotos ahí en Bellas Artes. Les dije, «ahorita vengo, voy rápido a tomar unas fotos del otro lado de la Alameda». Yo creo que tenía como 17 o 18 años, por ahí del año 2000. Y pues me fui corriendo hasta el monumento a la Revolución, tomé las fotos y regresé corriendo a Bellas Artes. Nada mal.
¿Esta historia es de privilegio? No. Tampoco de mi desarrollo como atleta. Esta historia cuenta cómo me fui haciendo más deportista conforme más crecía, y cómo hoy, además de escribir sobre mi vida, y sobre los placeres de hacer ejercicio, no puedo dejar de quejarme.
La carrera
Conforme mis privilegios aumentaban, se reducía mi capacidad pulmonar. En la ENAH casi no hice ejercicio, pero afortunadamente trabajaba con mi papá arreglando máquinas de offset y al menos me ejercitaba en la chamba, atornillando, cargando cosas, subiendo escaleras, y demás, aunado al esfuerzo físico que implica deambular por la ciudad. ¡Ay, la ciudad de México, la prueba infinita de obstáculos! A muy temprana edad, ya desde que iba a la secundaria, fue cuando me di cuenta que la ciudad está diseñada para niños, jóvenes y gente sana, sin problemas de movilidad. Saltar del micro o hacia el micro; ir parado por horas mientras haces barra para no caerte, o simplemente ejercitar el coxis cada bache, te mantiene ejercitado. Mal ejercitado. Yo me ejercitaba a lo largo de la ciudad entre 3 y 5 horas diarias cuando entré a la universidad. Mi mamá y mi hermana salían a trabajar entre las 7:00AM y las 8:00AM, y me iba con ellas a Nativitas a ver a mi papá al consultorio donde trabajaba su esposa. De ahí nos íbamos a desayunar al restaurante La Oaxaqueña de Hamburgo, al Cafetoss, a las Tort-As o al Restaurante Bar Arturo's. Normalmente desayunábamos a las 9:00AM, excepto que mi papá hubiera quedado a esa hora para arreglar o instalar tal o cual cosa, en cuyo caso yo llegaba como a las 8:00AM a su casa y pasábamos por una torta de jamón o una guajolota, un atole y directo a la chamba. En general, entre las 10 de la mañana y más o menos 2 de la tarde, trabajaba con él. Como a las 3 me daba aventón al metro Eugenia, llegábamos por el Eje 5, o por Cuauhtémoc, y recuerdo que la estatua en la esquina de la Iglesia de San Antonio María Claret era la forma como sabía que ya era hora de irme preparando para bajar. Mi papá decía que el Santo quería decirle a las personas «órale cabrón, bájame de aquí». Y es que según la descripción oficial de una página del gobierno, el santo está aterido, pero si uno no sabe nada del santo, más bien parece andar alzando una chancla como para increparte de algo que no has hecho o dejaste de hacer.Del metro Eugenia tomaba la línea 3 del metro para irme a CU y luego a la ENAH. Mis clases en la ENAH empezaban entre 4 y 6 de la tarde. Como a las 9 o 10 de la noche comenzaba el viacrucis de regreso a Neza. Si todo salía chido liro, llegaba a la casa a las 11:30PM, pero si había tráfico o el Metro se iba parando, pues obviamente llegaba a media noche o incluso después de la media noche. Procuraba tomar las clases que acababan a las 8 y no a las 9, y cuando salía a las 10 era más bien porque me quedaba a chismear.
Ishiba RO © 2025, CC BY-NC-SA |
Carrera de baquetas
Poco antes de terminar la carrera (es decir, mi profesión, no la carrera como modo de hacer ejercicio), quise hacer un poco de ejercicio yendo en bici a la escuela. Para entonces yo me había mudado con un par de amigos ahí cerca de la ENAH, pero sólo usé la bici un año, luego me mudé de nuevo a Neza, y luego me mudé al Centro de Tlalpan y ahí sí comencé mi vida más deportista hasta entonces. Iba al Kung Fu los martes y Jueves por dos horas, entre 7 y 9 de las noche, y en la mañana de los lunes, miércoles y viernes, me iba a nadar un poco. Todo muy bien hasta que me enfermé de gripa porcina. Ahí si todo valió camote.En 2008, un año después de que iniciara la pandemia de A/H1N1 yo me enfermé. Estuve muy mal por una semana. Empezó todo tranquilo, con un leve dolor de cabeza, escalofríos, escurrimiento nasal, dolor de cuerpo y estornudos. El segundo día, ya con Tamiflú en la sangre, tuve un montón de calentura, llegué a tener casi 40 y casi contra mi voluntad tuve que darme un regaderazo. Luego tuve jaqueca de 24 horas, sí, jaqueca, migraña pues. Luego en cama pasé todo un día. Luego la recuperación del dolor del cuerpo. Todo me dolía. El dolor, de hecho, se me quitó casi 3 meses después. Dejé la natación y el kung fu, y no pude regresar por casi 3 años.
Después de unos meses retomé la bici e intenté hacer ejercicio pero mi cuerpo no me dejó. Luego empecé la maestría y traté de ir a nadar y correr pero sólo pude andar en bici para ir a la universidad hasta que me la robaron (la bici, no la universidad), y la natación pude hacerla por tiempo limitado por trabajo en campo. Regresé a México, sin embargo, con ganas de retomar el kung fu pero sólo logré regresar por poco menos de un año. Intenté correr en el bosque de Tlalpan y mantuve la bici para tramos cortos. No pude realmente regresar a los tiempos anteriores a la pandemia de A/H1N1. Mi primer pandemia.
Ishiba RO © 2025, CC BY-NC-SA |
Carrera de relevos
Cuando empecé el doctorado en 2016, el paisaje me invitaba a correr, pero era complicado pues sentía que correr más de 3 km me mataría. Recordaba aquella carrera de 3 kilómetros, en las islas de la UNAM, con Cristian, en que sentía que iba a morir. Y así fue como decidí que 3 kilómetros eran muchos kilómetros y que yo sería incapaz de correr más. Pero entre el poquito ejercicio y el hecho de que me robaron otra bici, y que por trabajo tuve que abandonar otra vez la natación (o sea, sí quería hacer ejercicio, en verdad) pues no lograba ser constante. Pero entonces me salió la cosquilla de jugar Pokémon Go. Decidí que la mejor y más eficiente forma de jugar era yendo a correr. Así fue que salía a cazar pokemones por 3 kilómetros o menos, y pues mi ejercicio consistía en correr, pararme y cazar una especie exótica, seguir, repetir.Así anduve. La carrera más larga antes de Pokémon Go fue con Giorgia, al Castillo de Brancepeth, nos echamos como 7 kilómetros. Esta osadía desbloqueó mi miedo a correr largas distancias pero no mi miedo a la barrera de los 3 kilómetros de forma cotidiana. Un día, sin embargo, armado con mi celular, Pokémon Go y unos huaraches de charol que compré en Chiepetlán, me dí a la tarea de cazar pokemones más raros. Después de jugar un rato este juego que resultó asquerosamente adictivo, descubrí leyendo en foros de consulta de frikis que juegan Pokémon Go, que los pokemones que me salían a 3 kilómetros de la casa casi siempre iban a ser los mismos, y que para tener mejores pokemones y a veces más extraños uno tenía que ir más lejos. Y decidí ir más lejos. Corrí 5 kilómetros, y luego 7 y luego 10. Y luego terminé por invitar a correr de manera cotidiana a Giorgia (sin cazar pokemones), pero también a Emanuel y Andrea, con quienes terminé formando el mini grupo de corredores los Tres Caballeros. Y fue con ellos con quienes pasé de 10 a 15 y a 18 y luego hasta armé un medio maratón y nos regalé unas medallas para conmemorar el evento. En esa ocasión nos dimos un mega rol por Durham, corrimos como 3 horas por diferentes lugares y terminamos en The Sands, donde nos esperaban Giorgia, Giuseppe y Bárbara con agua y botanas, aunque no celebramos mucho porque hacía mucho frío y hasta empezó a nevar.
Luego llegó mi segunda pandemia. Seguí corriendo pero era diferente pues corría solo o con Giorgia, o ella corría sola cuando yo andaba medio podrido. El caso es que poco antes de la pandemia, cuando empecé a correr más cotidianamente, me sentí raro una vez más y fui al doctor y fue cuando el Dr Wolly (pues creo que así se llamaba) me diagnosticó síndrome de fatiga crónica, y me recomendó ir a la clínica de Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica (EM/SFC), pero ahí me dijeron que no tenía EM/SFC tal cual, aunque quizá sí pero que mis síntomas igual no eran tan graves. El caso es que yo empecé a investigar. Resulta que hay virus que pueden "activar" el EM/SFC, y posiblemente algunos virus como el A/H1N1 es uno de ellos. El Dr Wolly fue quien me dijo que cuando estuviera cansado debía descansar, pero que cuando estuviera con mucha pila, literalmente debo pensar que soy una pila que si hace mucho esfuerzo termina descargándose.
Así que desde entonces procuro ser más cauto con mis actividades. Desde entonces fue que comencé a correr más y más. Noté que correr me daba más energía a largo plazo. Yo creo que el ejercicio cardiovascular hace algo en mis arterias que las desapendeja y evita que me duelan los músculos. No es una coincidencia que cuando llegó el Covid y dijeron que atacaba el sistema vascular, entendí muy bien por qué la gente se moría y entendí bien por qué daba el ahora tristemente famoso long-covid. Si bien el virus no atacaba las arterias, sí que las inflamaba y esto generaba complicaciones. Yo creo que tanto el A/H1N1 y el SARS Cov2, dañan el sistema vascular y pues el long-covid o covid-largo no es otra cosa que una enfermedad de las arterias, y al mismo tiempo, sus síntomas se parecen muchísimo a los de la Encefalomielitis Miálgica/Síndrome de Fatiga Crónica (EM/SFC). Yo creo que correr ayuda justamente porque cuando haces ejercicios cardiovasculares, oxigenas bien el cuerpo y lo sacas de su letargo. Claro que siempre encontrarán explicaciones más técnicas y más precisas (https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9895315/). El caso es que no he dejado de correr desde entonces.
Ishiba RO © 2025, CC BY-NC-SA |
La Carrera de Indias
En 2022 corrí mi primer medio maratón oficial, el Great North Run, y digo oficial porque mi primer gran carrera en el norte de Inglaterra de 21 kilómetros fue con los Tres Caballeros. En 2023 corrí mi primer y único Maratón, el de Kielder. Corrí poco más de 5 horas. Creo que exageré y mi cuerpo se desquitó haciéndome sufrir cansancio por un par de meses y luego caí enfermo con otro virus, el de la conjuntivitis. No chinga tanto como una gripa pero me tumbó más de lo que me hubiera imaginado considerando que los síntomas no fueron tan graves. Cuando me estaba recuperando tuve una recaída por la vesícula biliar y por fin me operaron en Mayo de 2024. De Enero de 2022 a Enero de 2025 han pasado un montón de cosas y mi salud se ha visto afectada. En 2024 corrí poco, pero corrí. Después de casi un año de apendejamiento corpóreo creo que comienzo a sentirme igual que en 2023 antes del maratón. En unos meses creo que ya podré comenzar a entrenar chido para otro. ¡Eso mamona! (¡Ja, ja, ja! Me encanta escuchar esta frase, pero la verdad es que al mismo tiempo no la entiendo). En otra ocasión contaré cómo se desarrolló la carrera de la vida en los últimos ocho años desde que llegué a este pequeño pueblo en el norte de Inglaterra. Por ahora sólo resta despedir esta historia sobre correr.He pasado tanto tiempo aquí que no quiero irme, pero mis piernas quisieran salir corriendo de aquí. Corro, vuelo, me acelero, como dice la canción de Timbiriche, pero al mismo tiempo siento que he dejado de correr, volar y acelerarme. Durham se ha convertido en Punxsutawney, Pensilvania, pero aquí no hay marmotas como Phil. Hay conejos, muchos. Un día, yendo en carro motorizado, sin ir a las carreras, regresando de Newcastle, un conejo comenzó a correr hacia el carro. La carroza motorizada no le pasó con las llantas por encima ni le pegó de frente, pero su cuerpo rebotó debajo de la carrocería. Era de noche y no vi nada por el espejo retrovisor. Quizá el alma del conejo ya está en carrera de salvación en un purgatorio de animales. Por lo mientras yo seguiré corriendo en Durham, en el barrio lineal de Campo de la Pradera, mejor conocido como Meadowfield, disfrutando del oxímoron climatológico y social donde puedes encontrar el calor de nuevas amistades que irremediablemente contrastará con el frío eterno, inmóvil, casi pasmado, pero que se agita con aterrador dinamismo al recibir los intensos vientos del Mar del Norte. Aquí no hay una marmota que prediga el fin del invierno porque el invierno parece nunca acabar. Lo cual me hace pensar que aunque yo no viva en Punxsutawney, me parezco al personaje interpretado por Bill Murray, Phil, justamente en la película Groundhog Day:
Phil: What would you do if you were stuck in one place and every day was exactly the same, and nothing that you did mattered?
Ralph: That about sums it up for me.
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Phil: ¿Qué harías si estuvieras atascado en un lugar y cada día fuera exactamente el mismo, y nada de lo que haces importa?
Ralp: Eso lo dice todo para mí.
Sólo que ahora estoy jugando volley ball. De alguna forma lo que hacemos sí importa.Ishiba RO © 2025, CC BY-NC-SA |
Jajaja, me identifico aunque no lo pude leer completo. Nos implantaron el chip de la prepa antes de nacer y en efecto ese santo partido por mitad es la guía al MCU. Gracias por divertir está mañana ...
ResponderBorrarQué bueno que te gustó. Ojalá lo hayas podido acabar. :D Y qué bueno que además te hice pasar un buen rato :D
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ResponderBorraren alguna parte de la descripción del ir y venir citadino me vino a la mente esa rolita de BonJovi "runaway". A seguir corriendo Ishi...
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