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Parte 2: –Necesito un ubik. –¿Un uber? –¿Un qué?

Salí de mi casa casi sin saber lo que hacía. Me dirigí a la parada del autobús. Esperé unos quince minutos y el camión no pasaba. Me sentí muy viejo en aquel momento. Pensé que mi vida me aplastaba. Miré mi reflejo en el parabús y me vi encorvado, enjuto y más viejo de lo que me recordaba a penas una hora antes. Vi el pedazo de ciudad que se me ponía enfrente, raído, gris, resquebrajado. Todo de pronto parecía más viejo y más lóbrego. Atardecía pero el cielo estaba nublado y no dejaba pasar la dorada luz del Sol que momentáneamente colorea la Tierra haciéndola brillar. Y entonces todo parecía una amalgama de trozos sin sentido mal pegados, jirones de historia que parecían vestir la ciudad, se postraban hediondos a todos mi sentidos; sentí náuseas. Me miré las manos arrugadas y viejas que enjugaban mi cara sudorosa. Hacía calor. Me derretía. Todo parecía morir frente a mis ojos. Se morían como se caen las hojas de los árboles, como se mueren los octagenarios, todo parecía pudrirse frent...