En el centro de una de las ciudades más pobladas del hemisferio occidental hay un palacio construido sobre las ruinas del palacio del tlatoani que sus propios vecinos ayudaron a destruir. Se llama Palacio Nacional. El país se llama México. Su sede de gobierno bien podrían haberla llamado Tel Aviv si los españoles hubieran conquistado New Gaza. Y nadie encuentra rara ninguna de las dos cosas. ¿Ficción histórica o ignorancia política por elección? ¿Qué pasa cuando la ficción se convierte en verdad absoluta sin dejar de ser ficción? Una ficción histórica que apela al nacionalismo y da a los pueblos sanguinarios, expansionistas y extorsionadores el epíteto de grandiosos y gloriosos, y hasta usa su simbología histórica fundacional para dar al país su identidad histórica, su escudo nacional, y hasta su sede de gobierno. Este es el caso de la Ciudad Monstruo, mejor conocida como Ciudad de México. Guardando las debidas proporciones, tanto históricas como ideológicas, cuando los «mexicanos»...
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