
Antes de que me vaya de FBacaciones durante toda la justa "deportiva" quiero irme pensando en unas cositas:
A mí me gusta ver fútbol pero prefiero jugarlo. Mil veces jugarlo que verlo, aunque hace mucho que no lo hago. Cuando lo veo, porque se me hace aburrido de ver (excepto cuando puedo ver maravillosas escenas como la de la foto con que abro el texto), prefiero ver juegos internacionales. Son un poquito más entretenidos. Y si hay juegos que no me pierdo son los partidos de la decepción nacional y los de Nigeria durante el mundial (no me pregunten por qué, pues ni yo sé). Me gusta imaginar que México gana y se desata ese júbilo sin sentido que produce una satisfacción que yo creo que ni el Buda conoció. Y si quieren, una satisfacción también un poco boba. Más allá de ver a un equipo de jugadores muy bien pagados ganar o perder para inflar los bolsillos de unos cuantos empresarios que, simultáneamente, los trafican como toros de lidia, la verdad es que esa felicidad boba patriotera no es la que me llena. Esa felicidad que percibo, en todo caso, siempre me ha hecho reflexionar en las cosas que consideramos importantes. Si para muchas personas el fútbol produce esa inmensa alegría, o esa inmensa tristeza (yo creo que he visto más hombres llorar por el fútbol que por un desamor), debe ser importante. Y es bonito. Yo he encontrado, más o menos, esa pasión con el voleibol. Me gusta verlo y jugarlo. Conozco jugadores y equipos y ligas. Me he esforzado en el último año en aprender a jugarlo intensamente. Se ha convertido en una pasión insospechada. Cuando era niño ni me gustaba, me parecía aburrido jugarlo y verlo.
Cuando era niño jugaba fútbol en el Bordo de Xochiaca y entrenaba en el Parque del Pueblo en Nezahualcóyotl. Era defensa derecho de los Lobos Neza, que era la división infantil de los Toros Neza. La división sub-17 se llamaban los Coyotes Neza. Era súper fan del fútbol y me encantaba ver los juegos de los Toros, y si se podía y mi mamá o mis tíos me llevaban, iba al estadio Neza 86 unos 15 minutos antes de que el partido acabara porque nos dejaban entrar gratis. Luego, al final del juego, íbamos a donde salían los jugadores y ahí andaba yo con mis primos (que le van al Atlante), a pedir autógrafos. Los Toros Neza eran, en la realidad, como aquella ficción del Club de Cuervos, un grupo querido por los locales al que no importaba si perdía o ganaba: cada domingo íbamos a echarles porras. Y también encapsulaban ese amor bobo que produce un sentido raro de pertenencia micropatriotera. Nuestro entrenador, el profe Bernardo, nos conseguía pases gratis de vez en cuando y en ocasiones nos metían de recogebolas.
Toda la magia del fútbol se esfumó cuando los Toros perdieron contra el Guadalajara. Se fueron a segunda división y el equipo del turco Mohamed y Roberto Larios se disolvió en la memoria. El estadio cerró y el equipo de Neza, el suburbio olvidado y menospreciado del Oriente, se convirtió en un episodio legendario y efímero.
Desde entonces perdí interés en el fútbol. Dejé de jugar. Dejé de seguir los juegos. El capital, el dinero, los empresarios, esos que no juegan ni hacen ejercicio pero viven del deporte, habían destruido esa ilusión.
Este mes se juega la Volleyball Nations League, que es como un mundialito de volei sin ser mundial (porque también hay mundial de volley). El formato es aún más bizarro que el del Mundial de Fútbol de 2026. Se juega no en uno, ni dos, ni tres países, sino como en 8 o más, y hay torneo femenil y masculino pero no se empalman. Los precios de los boletos no son volátiles, son fijos y no son tan caros: a lo mucho unos 2,000 pesos por tres partidos en un día. Cada partido dura entre una hora y media y tres horas, según la intensidad del evento. Los boletos se acaban más o menos de uno a dos meses antes de los juegos, y el ambiente en la arena es amistoso y muy activo.
En voleibol también hay un campeonato mundial. El "mundial" de voleibol es cada dos años. El año pasado fue en Tailandia para mujeres y en Filipinas para hombres. Estuvo re bueno. Y todo es festivo y enfocado al deporte. Claro que hay negocios y marcas y el país anfitrión aprovecha para promoverse. Pero la FIVB (la FIFA del volley) todavía no ha acumulado tanto dinero, entonces realmente no tiene poder sobre la soberanía del país anfitrión.
Y es que aquí es donde la marrana torció el rabo en 2026. El mundial es 90% negocio, 4% deporte, 6% ilusión. Y neta está muy chafa. Y claro que son porcentajes inventados. Lo hice así porque así lo percibo. 90% negocio, porque la FIFA está poniendo estas reglas absurdas a México, a EUA y Canadá para poder sacar más dinero, pero sólo en México, se irá forrada de recursos sin pagar impuestos aunque todas las ganancias que obtendrá de SU evento patentado y con copyright haya sido patrocinado por el pueblo de México; 6% ilusión porque aunque millones de mexicanos, como yo, todavía nos haga ilusión ganar una copa de fútbol (quiensabeporqué), yo creo que justo por oganismos como la fifa estamos realmente desilusionados y; 4% deporte porque aunque todos querramos ver los juegos hasta eso será un problema monetario por derechos de transmisión exclusiva, literalmente, excluyendo a los propios anfitriones de gozar de la po-si-bi-li-dad de ver el juego sin pagar, desde sus casas. Repito: los anfitriones, es decir, los mexicanos, gringos y canadienses, no podrán ver los juegos sin pagar desde sus casas. Entonces, últimadamente, aunque estos porcentajes me los inventé, los inventé en función de la percepción hipercapitalista que he visto en este evento. Todo es desilusión, la gente no habla del deporte, y sólo hablamos del dinero. Si lo vemos de otra forma, 90% desilusión, 6% interés por los partidos, 4% ricos disfrutando de la pobreza.
Y por eso tomaré FBacaciones. Porque a partir de mañana no quiero saber nada de lo que las redes sociales me van a pintar (bueno, la curiosidad siempre mata al gato, pero no pienso intervenir ni interactuar). Porque ya me imagino. Unos dirán que todo es paz y amor y belleza y fiesta familiar y que ni una portada de ¡Despertad! podría imprimir en los ojos de sus testigos la maravilla que irradia el evento, y no sólo en México sino en EUA también. Y por otro lado, habrá un montón de gente que sólo querrá hablar mal del evento. Y yo la neta sólo quiero ver los juegos y decepcionarme otra vez de que México no será ganador... y es que yo creo que México de por sí ya perdió.
No es sólo "tuvieron 8 años para preparar la ciudad", es también "¿para quién la prepararon?". La ciudad tiene un montón de problemas. Cuando uno es anfitrión de algún evento, limpia la casa, lava los platos, arregla detalles, prepara comida y trata de dar la mejor impresión... pero esa "mejor impresión" es de lo que uno es, no de lo que no es. La ciudad de México no está dando, desde mi punto de vista, la mejor impresión por lo que es, sino por lo que cree que los turistas creen que México debe ser. Y entonces la ciudad ahora es un circo al servicio de Coca-Cola y la FIFA, todo pagado con dinero público para que algunos ricos tengan "the Mexican experience". Casi como ofrecer un show hotelero a escala ciudad llamado "la grandeza de México". Esto no es México, como tampoco lo es el show maya de Xcaret o el show de trajineras en Cancún. México no es ajolotes ni morado. México no es un fan fest con antojitos. México no es un pueblo que le cede la casa al huésped y se va a dormir afuera. ¿O ahora vamos a tener que pedirle permiso a la FIFA y a Coca-Cola para ir a celebrar al Ángel de la Independencia? ¿La FIFA nos dirá cómo celebrar? ¿Para quién se maquilló la ciudad? ¿Para los extranjeros ricos que quieren ver a México y Sudáfrica jugar? Nada tiene sentido.
Y es por eso que México ya perdió... aunque ganara la copa y yo mismo esté de mamón con una sonrisa en la cara, disfrutando de la plenitud de la felicidad boba que nos produce esta dosis de júbilo que jamás sabremos explicar.
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