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Otra vez: la historia interminable

En el centro de una de las ciudades más pobladas del hemisferio occidental hay un palacio construido sobre las ruinas del palacio del tlatoani que sus propios vecinos ayudaron a destruir. Se llama Palacio Nacional. El país se llama México. Su sede de gobierno bien podrían haberla llamado Tel Aviv si los españoles hubieran conquistado New Gaza. Y nadie encuentra rara ninguna de las dos cosas.

¿Ficción histórica o ignorancia política por elección?

Perspectiva Citadina

¿Qué pasa cuando la ficción se convierte en verdad absoluta sin dejar de ser ficción? Una ficción histórica que apela al nacionalismo y da a los pueblos sanguinarios, expansionistas y extorsionadores el epíteto de grandiosos y gloriosos, y hasta usa su simbología histórica fundacional para dar al país su identidad histórica, su escudo nacional, y hasta su sede de gobierno. Este es el caso de la Ciudad Monstruo, mejor conocida como Ciudad de México.

Guardando las debidas proporciones, tanto históricas como ideológicas, cuando los «mexicanos» del siglo XXI andan de «mexicaneros» adorando el pasado glorioso mexica; ese pasado glorioso donde el cabrón de Huitzilopochtli les decía que sacrificaran a los que no quisieran alinearse, o les fueran a partir la madre a los pueblos que no aceptaban el yugo «azteca», y que si no le hacían su templo más grande de a gratis era palo o embargo económico y aislamiento, o incluso —antes de convertirse en un pueblo hegemónico— en nombre de su propio pasado mítico como pueblo elegido, ir a despellejar a la hija del señor de Culhuacán porque el wey los mandó a vivir a un cerro y ellos le quisieron pagar el favor matando a su hija... todo eso y más, es como ver a los MAGA dando espaldarazo a Netanyahu, Trump y Musk, para que transformen Gaza en un Cancún del Medio Oriente, y mandando a tomar por culo a los Palestinos.

En resumen: los mexicas eran unos hijos de la chingada. Pero eso no evitó que llamaran a todo el territorio independiente México, con su capital ídem sobre la tuna y el nopal. Y sí nació el verdadero monstruo que se hizo ciudad.

Los mexicas no eran genocidas y, para ser justos, tampoco los españoles. Esas comparaciones atemporales en función de los conceptos que encapsulan ideas modernas proyectadas al pasado nunca dicen nada y generan polémica absurda. Pero seamos claros: los mexicas se ganaron a pulso el odio de todos los pueblos alrededor de la cuenca de México y más allá, tanto que cuando llegaron los españoles, prácticamente todos los pueblos tributarios del altépetl mexica se aliaron para mandarlos al Mictlán.

No es coincidencia, sin embargo, que durante y después de la Independencia de lo que se llamaría México, la referencia histórica de los independentistas sobre el pueblo vencido o conquistado por los españoles, y que por antonomasia es lo que quedaría después de una independencia, sería aquel cuya conquista significó el inicio del período colonial. Así pues, para el grupo político independentista, son los mexicas y/o sus descendientes quienes cargaron y habrían de cargar con el peso abrumador de bautizar al país incipiente: México. Hasta entonces, ese territorio diverso y con una población mayoritariamente indígena era una colección de provincias que, en el imaginario popular de finales del siglo XVIII, habrían estado a cargo del denominado «imperio» mexica, a pesar de que el denominado «Reino de México» solo abarcaba una pequeña porción de aquel territorio inmenso. Próximo a la guerra independentista, este territorio —el Virreinato de la Nueva España— estaba formado por varios subreinos, provincias y capitanías: Reino de México, Nuevo Reino de León, Nuevo Reino de Toledo, Reino de la Nueva Galicia, Reino de Nueva Vizcaya, Nuevo Reino de las Filipinas, Capitanía General de Yucatán, Capitanía General de Guatemala, Capitanía de Cuba, Capitanía General de Puerto Rico, Capitanía General de Santo Domingo, Gobernación de las Californias, Provincia de Nuevo México, Provincia de Venezuela, Gobernación de Luisiana, Provincia de Florida Occidental y Oriental.

En 1810, con todo y que existía una diversidad infinita de pueblos y lenguas en lo que ahora llamamos México (país), el gran pueblo heredero del pasado glorioso, ese que los independentistas apelaban para hacer «México grande de nuevo», independiente, era circunstancialmente «México», literalmente el altépetl de México Tenochtitlan-Tlatelolco. Y así decidieron llamar al país. Y así, con esta idea, el México posrevolucionario nació, pero con una arqueología más desarrollada y más diversificada, pues resultó que aunque los mexicas eran «grandiosos», no lo eran tanto como los «Teotihuacanos», o los «Mayas», o los «Tarascos», o los «Huaxtecos», o los «Olmecas», y no solo eso, sino que de entre todos los pueblos conocidos, al parecer los mexicas eran los más sanguinarios y menos, digamos, «educados»; es más, menos «herederos» de esa tradición «mesoamericana». Y si uso un montón de comillas es porque no hay forma de describir el mundo prehispánico sin usar nuestras concepciones mafufas del presente. Y así, con estas ideas mafufas, decidimos llamar México a un territorio lleno de pueblos que odiaron a los mexicas, que incluso se unieron a los invasores para mandarlos por un tubo. La Ciudad Monstruo nació de las cenizas de Tenochtitlan. Es un zombie.

Imagínense que un día, el territorio llamado Palestina hoy, en el futuro se llame Tel Aviv. Supongamos que China invade Israel y los Palestinos se alían a los Chinos para derrotar a los sionistas, y juntos toman Tel Aviv. Y los Palestinos, aunque no muy felices con los Chinos, aceptan que los Chinos tomen las riendas del país y en menos de 200 años resulta que los Chinos se apropian de todo y excluyen del gobierno a los Palestinos. Y así se la llevan por 300 años, pero luego un grupo de Chino-Palestinos criollos decide mandar a la chistorra a los Chinos, y declara la independencia, pero, pero, pero, en 300 años se olvida, por equis o ye, quiénes eran los sionistas. Y como el último bastión de defensa de Levante termina siendo Tel Aviv, los independentistas ChinoPalestinos deciden que el nombre del país independiente se llame Tel Aviv, no Levante, no Palestina, no Israel, bueno, ni siquiera New Gaza.

Y mientras tanto, en el centro de una de las ciudades más pobladas del hemisferio occidental, el zombie sigue en pie. En la víspera del mundial, promoviendo ajolotes en murales, vestida de morado y demorada en la entrega de obras para satisfacer al turismo, el monstruo se maquilla y espera con ansias recibir al mundo entero. 

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