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¡Muera el bolillo, larga vida al bolillo!



«Por un bolillo se enrosca como víbora saboreando una concha»
(proverbio de los Canni Núskula)

 
Instantánea panorámica en Roldán

Quienes me conocen, sabrán que yo de nacionalista tengo lo mismo que de ingeniero en electrónica con especialidad en matemáticas. Si alguien estaba con el pendiente, si un inglés me dice que no tenemos cultura de pan, se me hubiera resbalado y en lugar de ofenderme y hablar de nuestra «gran cultura panadera» y decirle arrogante al inglés, hubiera aprovechado la ocasión para decir,

«sí, dumbass, nosotros tenemos una gran cultura tortillera, basada en el maíz. Es como si yo dijera que ustedes no tienen una cultura de maíz. Pero mira cómo son las cosas, con todo que el trigo se nos impuso clasista y religiosamente, nos hemos adaptado y lo hemos adoptado en nuestra dieta. Afortunadamente, en este proceso transformamos e hicimos nuestra una cultura que no nos pertenecía».

Sí, a veces pasa que en el proceso de reinvención, también echamos a perder lo que recreamos. Por ejemplo, dicho de forma brutalmente honesta (amparada y soportada en la nostalgia de mi alegre infancia), destruimos la rosca de reyes con el TLC y casi nos olvidamos cómo prepararla. Ahora mismo, siento que sin atole o café a penas podemos deglutirla. Y hubiera continuado con mi diatriba hacia el inglés diciendo: 
«... pero sí, lo acepto, hay pan culero, pero me gustaría ver cómo criticas a tus hijitos del norte que destruyeron y destruyen la industria local de México y el mundo; por qué no, en lugar de criticar al humilde bolillo, vas y críticas a la empresa Bimbo, a franquicias como el Globo, o panaderías industriales que han destruido prácticamente la industria artesanal del pan, o a las empresas harineras que sólo distribuyen uno o dos tipos de harina de trigo, enriquecida con vitaminas, haciendo extremadamente difícil acceder a más variedades de harina. ¿Por qué no, smart-ass, hablas de cómo el capitalismo ha hecho desaparecer a miles de pequeños negocios desde 1994 gracias a un invento anglo americano llamado neoliberalismo, y que tiene como principal interlocutor a Margaret Thatcher que, dicho sea de paso, ha hecho que gente como tu migre a países como México buscando mejor vida? O qué, señor inglés [cuyo nombre ignoro pero continúo viendo noticias sobre tus dichos porque mis compatriotas de mamón no te bajan], aparte de ignorante y tonto –y mamón–, ¿eres cobarde?».
Los mexicanos nos ofendemos por todo. A veces con justa razón, a veces no. A veces la ofensa es puro nacionalismo rancio. A veces nos ofendemos hasta cuando nos hacen un cumplido pero al hacerlo lo hacen «mal». A veces nos ofendemos más con ciudadanos equis de un país equis que con todos los políticos de nuestro país que canalizan todas esas ofensas para sus proyectos políticos mientras nos invitan a ser humildes y luchones al tiempo en que se forran los bolsillos con marmaja malhabida que viene, ya sea de nuestros impuestos jineteados o de los impuestos extra que obtienen por pago de piso del crimen organizado.

En fin, si un francés hace una película mala, en chinga el país entero se une para criticar todo lo que emane de ella. Si una argentina hace tortillas a lo wey, de taruga no la bajamos y nos mofamos de ella hasta el hartazgo. Si un peruano dice que ellos tienen la mejor comida del continente, en chinga el ingenio alburero, racista, burlón y malaleche aflora y sacamos mil memes para ridiculizar a los peruanos y aprovechamos para presumir de mil maneras nuestra comida.



Y aquí es donde la marrana tuerce el rabo. Si hay algo que «otros», incluyendo mexicanos, no pueden criticar, es la comida. Hagan de cuenta que la comida se inventó en este cagadero de país que hoy llamamos México: desde Tijuana, Ciudad Juárez, Reynosa y Playa Bagdad hasta la isla Clipperton que el estado mexicano perdió frente a los colonialistas franceses. Isla que reclamaron, sin éxito, apelando un descubrimiento de los colonialistas españoles del siglo XVI. Y luego hasta Tapachula, bordeando territorio guatemalteco hasta el Petén, que nosotros llamamos Reserva de la Biosfera de Calakmul, y hasta Chetumal y luego de isla Contoy hasta la desaparecida Bermeja. Esta isla que bermejeaba al noroeste de Arrecife Alacrán y los Negritos, también la perdió el estado Mexicano sólo que esta vez quizá de forma voluntariamente a fuerza frente al estado gringoamericano, porque si bien fue avistada mil y un veces por piratas y navegantes españoles y de otros confines y patrias, a los hijos de su matria se les ahogó en el mar.

Este recuento geográfico es hecho así porque la comida mexicana es como este país. Nos mofamos de que la comida italiana no sería nada sin jitomate, o Europa no existiría sin papas (aunque técnicamente la papas son invento peruano), pero, ¿imaginan la comida mexicana sin pan, cebolla, ajo, cilantro, puerco, res, pollo, o limón?




Y dije primero pan porque a esto quería llegar. Sí, el inglés, como un montón de petulantes e ignorantes ingleses abren el hocico nada más porque su cultura colonialista los ha convencido que saben de lo que hablan aunque no tengan idea de lo que dicen. Y así como él hay muchos. Pero no sólo hay petulantes e ignorantes ingleses, también hay mexicanos petulantes e ignorantes, y sí, también colonialistas. Sí, mexicanos, de la ciudad de México que aun creen que el mundo se fundó en Tenochtitlan. Sí, tenemos una cultura del pan o mejor dicho, culturas del pan, muchas de ellas fuera de Tenochtitlan, en Jalisco, Oaxaca, Puebla, Veracruz, pero también vale la pena hacer un ejercicio de autocrítica. Primero, el pan no es nativo de «México» y segundo, las empresas mexicanas que distribuyen harina, todas, han destruido la harina mexicana. Todas están enriquecidas con vitaminas, todas son de baja calidad, y la verdad no hay mucha variedad de harinas de trigo, y si las hay, virtualmente no tienen distribución a granel.

Como ya dije, y como ejemplo, la rosca de reyes de 2025 es un pan seco que sólo se puede consumir con atole o café. Lejos está esa rosca tipo brioche o panettone que de algún modo nació en Europa. Este pan, atascado de muñequitos de Jesusitos (un dios foráneo) y que también es una tradición foránea, antes llevaba acitrón (un dulce nativo de México) pero dejamos de usarlo porque le dimos en la madre a las bisnagas y ahora lo sustituimos con ate (foráneo). Si hay suerte y la panadería no es tan mala, aun se perfuma con naranjas (foráneas) y flor de azahar. Y si hablamos del azúcar de caña (también de origen foráneo), México también está matando la producción azucarera porque nos dicen que hace daño y ahora es muy común que todo se endulce con sucralosa y acesulfame K. Así que pronto esas ricas conchas podrían estar en peligro de transformación.

Otro ejemplo un poco más abstracto es el pan de muerto. Cuando pensamos en pan de muerto, ¿en qué pan de muerto pensamos? Porque hay muchos tipos y formas y colores. Pero se cual fuere el tipo, ¿cuándo se inventó el tradicional pan de muerto? ¿Había pan de muerto antes del siglo XVI? Sí. Son los tamales...bueno, más o menos. Los tamales son un tipo de pan de maíz que no tiene trigo, y junto a los tamales también había barras de amaranto o figuras de amaranto que funcionaban de forma similar al pan de muerto en las ofrendas y que los mexicas llamaban tzoalli, y que hoy los mexicanos chilangos-xicalancas llamamos alegrías.

El pan de trigo, ha sido adoptado en LAS culturas y pueblos nativos que hoy comparten este territorio que llamamos México. En ocasiones, la adopción no ha sido amigable y en otras la adopción ha sido revolucionaria para el pan mismo como la creación del pan dulce como las conchas. Sin embargo, cabe decir que en general este proceso de adopción y adaptación ha sido en lo general un proceso clasista que hizo creer a muchos que el pan de trigo era mejor que las tortillas de maíz, justo como el español ha sido adoptado en sentido que hablar una lengua indígena era de clase baja y así se perdió un montón de riqueza lingüística.

Así que no, no me ofende que critiquen al pan de trigo mexicano, y menos si lo hace un inglés ignorante en Dinamarca, lo que me ofende es que nunca, en estas ofensas seamos capaces de repensar quiénes somos y hacia dónde canalizamos nuestro enojo. Unas veces somos únicos, otras mestizos, otras nativos, otras nacionalistas, otras orgullosos de lo propio, y en todo caso, siempre adaptamos a nuestra conveniencia lo que significa ser únicos, mestizos, nativos, nacionalistas, originales. Y ya ni me meto con que siempre todo pareciera emanar de Tenochtitlan, del centro, de ese monstruo homogeneizador que nos hace creer que México sólo hay uno (con perdón de Pepe Guizar, aunque yo prefiero adoptar la opinión de su interlocutor, Chava Flores, cuando insinúa que si efectivamente hubiera dos México, los mexicanos ya nos hubiéramos ido para el otro).

Así que muera el bolillo, larga vida al bolillo.

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