Ayer me puse a leer sobre Mao y sobre la Gran Hambruna China (entre 1959 y 1961). La mayoría de las personas se enfocan en la hambruna y en la cantidad de personas que murieron a causa de ella. Y estas cifras se usan para criticar al "comunismo" chino y cómo se cometió un democidio. Miren, no es que sea misántropo, pero francamente cuando la estupidez humana genera su propio sufrimiento — ora por su arrogancia, su ignorancia, su falta de sentido común, su falta de empatía por otras especies, su posición romana de estar por encima de la naturaleza y pensar que podríamos existir en el mundo sin todas las demás especies — la verdad mi empatiómetro no funciona. A veces creo que vale la pena sufrir un poquito (claro, como humanidad, no como individuos, eso siempre será triste en lo inmediato), pero es que neta: solo escarmentando en cabeza propia aprendemos... y a veces ni así.
Recientemente también me enteré de que los colombianos van a matar a los hipopótamos de Escobar, y de que una alcaldesa de Tecámac se deshizo de miles de perros. Los chinos les llamaron "plagas" a estos pequeños problemas.
Las cuatro plagas, a finales de la década de 1950, eran los ratones, las moscas, los mosquitos y los gorriones. Sé que muchos pensarán que las tres primeras deberían desaparecer de la faz de la tierra: son molestos unos, y otros muy destructivos, e incluso perjudiciales para los humanos porque atraen plagas aún más pequeñas, como virus y bacterias. Antes de llegar al punto que quiero, quiero dejar en claro algo: los humanos somos unos animales muy estúpidos. Bueno, no es que seamos estúpidos exactamente, es que somos — ¿cómo decirlo de manera sutil? — unos imbéciles. Imaginen que gastamos cantidades ridículas de recursos para encontrar agua en otros cuerpos celestes, y todavía más para encontrar vida en otro planeta; no importa lo minúscula e insignificante que sea — una célula, una bacteria, lo que sea — ponemos un empeño absurdo en encontrarla, y si llegáramos a encontrarla, la protegeríamos como si de ello dependiera nuestra existencia.
En nuestro planeta pasa todo lo contrario. Aquí en la Tierra gastamos recursos como si existieran en abundancia — no solo en la Tierra, sino en el universo —, como si el agua o la vida estuvieran presentes en la Luna o en Marte, que de algún modo son los pedacitos de universo que están más cerca de nosotros y que queremos conquistar. Aquí hemos inventado una cantidad impresionante de productos para deshacernos de las plagas: desde las microscópicas, como virus y bacterias, hasta mosquitos, moscas, hongos, cucarachas, langostas, ratas, ratones, ciertas aves, algunos mamíferos más grandes como puercos salvajes, zorros o hipopótamos. Y bueno, para nosotros el universo es el límite, así que cuando incluso un humano es considerado una plaga, también ideamos mil formas de deshacernos de él. Y esto me trae de regreso al tema central de esta entrada: los gorriones.
El pendejo de Mao, y obviamente su grupo de asesores, decidieron que los gorriones eran una plaga. Y movilizaron todo el aparato estatal para deshacerse de ellos.
La Gran Campaña contra los Gorriones (1958-1962) fue parte de la "Campaña de las Cuatro Plagas" (Chú Sì Hài), impulsada por Mao Zedong como parte del Gran Salto Adelante. La lógica era que los gorriones comían granos de los campos agrícolas — hasta 4.5 kg de grano al año por pájaro. Y ¿adivinen qué? El imbécil de Mao concluyó que eliminarlos significaría más comida para el pueblo. De pronto, un pequeño pajarito se convirtió en un "animal del capitalismo" que robaba la comida a las masas trabajadoras. Es que si lo quisiera inventar, no podría. Para dimensionarlo: piensen en hablarle a pájaros para recibir mensajes del más allá, en declarar que se va a 'borrar del mapa' a una civilización entera, o en creer que un detente te protege del COVID. Eso, multiplicado por mil, y apenas rozarían el nivel de absurdo de declarar a un gorrión enemigo del proletariado.
Los atacaron de mil maneras: ruido constante con tambores, cacerolas y botes para hacer que los gorriones no dejaran de volar y murieran de agotamiento; destrucción de nidos, huevos y polluelos; envenenamiento; y se animó al pueblo a matarlos con resorteras y cualquier otra técnica que se les ocurriera.
¿Y qué creen? Hay que reconocer que los chinos son bastante diligentes y efectivos. Lo lograron. Bueno, casi: algunos gorriones buscaron refugio en lugares "neutrales". Un caso documentado es el de la embajada de Polonia, donde muchos pájaros se guarecieron. Literalmente, los gorriones fueron víctimas de un exterminio masivo — como el Holocausto, pero de aves. Y ahí, en la embajada, los chinos llegaron a hacer tanto ruido que los gorriones terminaron sucumbiendo también. China se quedó sin gorriones.
La consecuencia fue que los campos quedaron libres de gorriones, y ahora sí, los chinos iban a disfrutar de una producción de granos sin interferencias. El problema es que los gorriones no solo comían grano: también eran el plaguicida natural. Al eliminarlos, las poblaciones de langostas y otros insectos se dispararon sin control, devastando las cosechas.
Lo que vino después fue una combinación de desgracias: políticas públicas desastrosas, desastres naturales como inundaciones y sequías, y todo junto desembocó en la Gran Hambruna China de 1959 a 1961, que mató entre 15 y 55 millones de personas.
Y como suele ocurrir con estas cosas, los responsables solo dijeron "ups" y jamás aceptaron su error. Incluso la URSS ofreció ayuda a China donando en secreto 200,000 gorriones — en secreto porque Mao no podía haberse equivocado. El asunto terminó con un simple "ya, chicos, déjenlo ahí", y sanseacabó la persecución. Se dice que desde hace más de cincuenta años la población de gorriones en China jamás se recuperó, y hoy dependen de insecticidas y plaguicidas químicos para controlar las plagas.
Neta que no me inventé esto. No lo sabía hasta la semana pasada, y me impactó mucho. Es todo.

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