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jueves, 29 de octubre de 2009

Sebastián

Sebastián cantaba solo en un vagón de tren. Llevaba un morralito donde guardaba sus pocas pertenencias. Sacó una harmónica y empezó a tocar. En aquel lóbrego vagón, con aquel ruido incesante que producía el tren, Sebastían cantaba a ratos y a ratos tocaba. Iba solo, estaba solo, sólo él y su harmónica y su morralito y unos costales viejos y malolientes que se acurrucaban en una esquina de aquel carro nostálgico. Era de noche y Sebastián miraba el paisaje que se dibujaba cada momento, sin perder de vista la silueta escalofriante de los árboles que pasaban a toda velocidad. La tímida luna nueva permitía que las estrellas refulgieran intensamente. De pronto, entre los costales, un conejo se asomó y vio a Sebastián. Luego una rata y un gato salieron de otro lado. Y los tres animales se miraron y miraron la triste figura humana. Se acercaron a ella. Sebastían yacía en la orilla del vagón, su mirada estaba perdida en lontananza, como pensando que las estrellas sucumbirían ante el suave murmullo de su voz y la harmónica. El gato maulló y Sebastián lo ignoró. Entonces los tres animales decidieron hacerle compañia al hombre posándose a su lado. Y él, metiendo la harmónica en su morral, comenzó a acariciar a los animales y cantando, soltó un carcajada y luego comenzó a llorar y a sumirse profundamente en un sueño del que jamás despertaría.

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