Sebastián cantaba solo en un vagón de tren. Llevaba un morralito donde guardaba sus pocas pertenencias. Sacó una harmónica y empezó a tocar. En aquel lóbrego vagón, con aquel ruido incesante que producía el tren, Sebastían cantaba a ratos y a ratos tocaba. Iba solo, estaba solo, sólo él y su harmónica y su morralito y unos costales viejos y malolientes que se acurrucaban en una esquina de aquel carro nostálgico. Era de noche y Sebastián miraba el paisaje que se dibujaba cada momento, sin perder de vista la silueta escalofriante de los árboles que pasaban a toda velocidad. La tímida luna nueva permitía que las estrellas refulgieran intensamente. De pronto, entre los costales, un conejo se asomó y vio a Sebastián. Luego una rata y un gato salieron de otro lado. Y los tres animales se miraron y miraron la triste figura humana. Se acercaron a ella. Sebastían yacía en la orilla del vagón, su mirada estaba perdida en lontananza, como pensando que las estrellas sucumbirían ante el suave murmullo de su voz y la harmónica. El gato maulló y Sebastián lo ignoró. Entonces los tres animales decidieron hacerle compañia al hombre posándose a su lado. Y él, metiendo la harmónica en su morral, comenzó a acariciar a los animales y cantando, soltó un carcajada y luego comenzó a llorar y a sumirse profundamente en un sueño del que jamás despertaría.
Domingo APRH Una agradable sensación festiva ocupa el lugar de la habitual angustia dominical. Mañana no habrá clases, pero igual iremos al convivio de la escuela, comeremos dulces y jugaremos a espantar a las niñas. El mercado está inundado en flores amarillas y calaveritas de azúcar. Puedo ver en las caras de otros niños la misma felicidad que siento yo. Hoy es de esos domingos que no saben a domingo. Me gusta el humor que tiene mamá; creo que se levantó de buenas. Casi siempre está ocupada o cansada, pero hoy no, hoy es un buen domingo. —Mamá, ¿me compras una calaverita de azúcar? —¿Qué haremos si no encuentro más barata la flor? Ni pensar en ir al otro mercado, tu abuela nos mata si llegamos tarde. —Oye, ma... ¿me compras una calaverita? —Ni modo, tendremos que pagar este precio de robo. Ten, Luis, para tu calaverita. —¿Puedo llevarle una a mi hermano? —Sí. Justo...
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