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The Queer of the King: sanguijuelas y moluscos


La mezcla de nostalgia, con antojo de mariscos, ganas de tener sexo y andar de fiesta, se combinó con situaciones surrealistas, terror, repugnancia e insatisfacción.

Quería ir de fiesta a las 9:00 PM en un lugar desconocido, un bar que habría tarde y cerraba muy temprano, como a las 5 de la mañana. Adentro, el ambiente era en realidad poco fiestero. Parecía más bien un lugar diseñado para el pre-copeo más que para terminar la juerga.

Me encontraba con un amigo. Conocíamos algunas mujeres. Nos gustaban. Queríamos ligar. Nosotros les gustamos a ellas, pero mi amigo me preguntaba si podía besarlo enfrente de ellas. Yo lo hacía, no había problema, aunque yo hubiera preferido que las mujeres no lo vieran, pensaba que ellas pensarían que andábamos juntos y nos ignorarían. Una parte de mí pensaba que ellas verían en nosotros un par de tipos sin inhibiciones y quizá nos uniríamos en una vorágine de pasión queer y heterosexual sin límites. Así que lo besé, me gustó, pero me había dejado comida en el bigote, y esto me asco, y me sentí invadido por una especie de vergüenza frente a las mujeres y les hablaba torpemente y ellas, en principio interesadas, dieron la vuelta y se marcharon. También mi amigo se fue, supongo que también le dió vergüenza. Esta situación me recordó a aquel bar en Tepito donde tomabas tus copas mientras un voluntario tenía sexo con una prostituta a la vista de todos, pero la manera de conocer gente me recordaba a un sueño donde entraba a un burdel donde había una orgía en la recepción y de la orgía cada persona decidía si quería ir a un privado.

El caso es aquí me quedaba solo en este bar sin vida y veía a otros amigos que me decían que irían a comer. A este punto estaba hambriento y sabía muy bien que ya no podría tener la noche de pasión que buscaba. Las mujeres se habían esfumado y el amigo con quien llegué se había ido sin avisar.

Estamos cerca de la costa. Un pueblo en México entre Mazatán y Tapachula. Era verano. Había un restaurante famoso de mariscos. Al salir del feo bar era ya de día. Al final había pasado horas ahí y no lo recordaba. Al salir, una de las pocas mujeres que aún permanecían en el bar me hacía la plática y me toqueteaba en la espalda y el pecho. ¿La conocía? Si la conocía no la recordaba, si no la conocía era extrañamente familiar con ella. Caminamos juntos hacia el restaurante. Íbamos detrás de mis amigos. Nos tomamos de la mano como si fuéramos novios. No podía ver su cara. Su cuerpo era esbelto pero voluptuoso. Al llegar al restaurante mis amigos ya se habían acomodado en  alguna mesa. Estábamos atrasados. Por alguna razón que desconozco, decidí que era buena idea cargar a la mujer desconocida. Se montaba sobre mi espalda como chango, y yo, teniendo los brazos y las piernas libres, trepaba por una pequeña plataforma en donde se localizaba el restaurante. El peso de la mujer no sólo retrasó aún más nuestro arribo sino que estúpidamente nos ponía en una situación vergonzosa frente a todos, yo lo sabía, ella lo sabía, y aun así ninguno de los dos detuvo la acción de bufones. A veces me pregunto si estaba borracho a ese punto pero no recuerdo haber bebido una sola copa. 




Cuando finalmente lograba treparme a la plataforma, ella descendió de mi cuerpo y se fue corriendo campante hacie mis amigos dispuesta a encontrar un lugar para los dos. Yo a duras penas lograba caminar, la osadía de trepar aquella plataforma me había destruído.

Mis amigos estaban sentados en una especie de cubierta de un barco, pero la cubierta estaba flotando sobre una especie de lago artificial, un pequeño estanque que emulaba una especie de pantano. Al no ver a la mujer ni tampoco lugares disponibles decidí, estúpidamente, que también podría trepar del otro lado por debajo de la cubierta, usando unos tubos de un andamiaje que sujetaban la cubierta sobre el lago. Obviamente todos me miraron con extrañeza, pero al mismo tiempo me ignoraron, hasta parecía que esto lo había hecho antes. Cuando descendí alcancé a escuchar a la mujer gritarme que a dónde iba, y a un par de mis amigos que de podían mover para que yo pasara y me pudiera sentar, que no había necesidad de colgarme de los andamios por debajo de la cubierta para sentarme.

Cuando por fin cruzaba la cubierta por debajo, no logré subir a ella porque del lado que quería hacerlo había muchas telarañas y primero tenía que quitarlas. Torné para agarrar una ramita de un árbol. A lado de esta cubierta había un árbol seco que salía de un islote rocoso en el estanque. Ahí entre las rocas miraba muchos caracoles y cangrejos. Regresaba con mi varita a quitar la telaraña y mientras lo hacía, un gran murciélago se terminaba colgando a un lado mío. Era un murciélago gigante. No se cómo lograba mantenerme colgado tanto tiempo porque justo intenté colgarme en Leicester en unas barras de ejercicio y no aguantaba nada. Como sea, lograba hacerlo en este andamio más de lo que pudiera imaginarme y quería tomarle una foto al murciélago así que con una mano me colgué y con la otra sacaba el celular del bolsillo del pantalón. Cuando tomaba la foto, un dragón se posaba también a un lado del murciélago, en otro árbol vivo que salía directo del agua, como un ciprés en el bayou.

La escena era surreal. El murciélago, de cabeza, colgado como yo en un tubo del andamiaje que sostenía la cubierta, era casi del tamaño de una persona. Cuando lo vi llegar pensé que era un zorro volador filipino, un pteropódido, pero en lugar de parecer un zorro su cara más bien me parecía simiesca, parecía un gorilla con alas. A menos de un metro de distancia, en el árbol, parado sobre una rama gruesa, sostenido en sus grandas garras, el dragón contraía sus alas. El pterosaurio no parecía, sin embargo, un animal primitivo. Me parecía una versión miniatura de Smaug. Con una cola larga, quizá medía unos tres metros, pero sin la cola era de proporciones similares al murciélago con cara de mono. No era definitivamente de la familia de las lagartijas voladoras, o draco volans, y aunque el cuerpo era similar al de un escinco cocodrilo, o tribolonotus gracilis, la cabeza parecía más bien de un ave, como un chotacabras orejudo, o lyncornis macrotis, claro que en lugar de plumas era una piel queratinizada lo que cubría aquel cuerpo fantástico.


Logré sacar un par de fotos de aquellos especímenes voladores, pero a penas había sacado la segunda, el murciélago atacó al dragón y comenzaron a pelear.  Yo por mi parte abandonaba la tarea de subir al deck por el lado de las telarañas y regresaba por donde empecé. Mis amigos observaban el encuentro y yo pretendía hacer lo mismo. El dragón era derrotado. Era un dragón de fantasía, sí, es decir, era un reptil volador como un dragón de cuentos, pero a diferencia de las historias que leemos o nos han contado, este dragón no era muy grande ni sacaba fuego por la boca. La batalla, entonces, parecía sacada de un documental de National Geographic y los seres fantásticos simplemente peleaban por territorio. Y aunque la batalla era épica, y hasta cierto punto aterradora por el tamaño de semejantes creaturas, ninguno de nosotros resultó herido, y el dragón se fue a posar a otro árbol que salía de aquel bayou artificial bastante agreste.

Cuando finalmente lograba subir  a la cubierta por donde todos lo habían hecho, el problema eran que mis amigos estaban todos de un lado y cuando me senté del otro lado, junto con esta mujer aleatoria que quería estar conmigo, la cubierta se transformó en un barco de juegos que se estrallaba en unos maderos falsos. Mis amigos me recriminaron por esto pues tuvieron que cambiar de asiento y tomar una de las mesas comunes del restaurante. Ellos ya habían comido y yo ni siquiera había tenido posibilidad de pedir. De hecho sentí pánico cuando el barco se movió como aquellas Nao de la China a las que me subía de niño que iban arriba y abajo. Sólo que aquí yo pensé que todo colapsaría porque no parecía un juego. Nunca había estado en aquel restaurante y todo me parecía viejo y en malas condiciones.




Cuando el barco se estrellaba en los maderos falsos y caí en cuenta que todo era un montaje del restaurante como atractivo para los comensales, también noté que los asientos de la cubierta estaban llenos de gastrópodos, anélidos, hirudíneos y miriápodos. En aquel momento no sentí asco ni pánico, yo sólo quería comer. Pero debo admitir que era un poco repugnante que estos seres vivieran a sus anchas en aquel espacio de degustación de crustáceos y moluscos. Cuando me moví a la mesa con los demás para por fin pedir algo de comer, aunque ahora con menos apetito, mis amigos me decían que me apurara porque ellos ya casi se iban. Yo me apuré pero noté que en los bolsillos de mis pantalones tenía una bola de gusanos y babosas que se habían metido. Pero también tenía caracoles trepando en mis pantalones y queriendo trepar por adentro del pantalón. Me desesperaba tenerlos pegados en el cuerpo. Parecía que se reproducían conforme los quitaba.

Ahora tenía babosas y sanguijuelas pegadas al brazo, en el cuello, algunas en las cara. Otras en el pelo. Esta escena me recordó aquella ocasión en Las Labradas cuando estaba sólo en el laboratorio y éste se llenó de insectos y yo de güinas en el cuerpo que me descubrí a mitad de la noche porque me daban comenzón. Me miraba al espejo y decía: «Ese lunar no estaba ahí. Ese tampoco. Ese lunar está muy rojo. Ese lunar rojo está muy abultado. Ese no es un lunar. Ni ese tampoco». Mi cuerpo estaba atrapado por güinas, esos ixodoideos chiquitos y rojos, que son las ninfas de las garrapatas.


En el restaurante así ocurríó todo pero con babosas y sanguijuelas. Me desesperaba. Estaban por todo mi cuerpo. Con paciencia y un poco de terror y asco, me las quité todas y las sacaba de mis ropas y cuerpo porque estaban por dentro y fuera. Cuando entré en pánico fue cuando descubrí que una sanguijuela había logrado meterse al oído derecho. La presioné con fuerza de donde pude y la saqué, sintiendo que medía kilómetros, como si hubiera logrado penetrar mi cuerpo hasta la médula. Fue un alivio cuando sentí que podía escuchar nuevamente pero noté que el oído izquierdo estaba tapado. Ahí habían entrado también. Saqué una pero el oído seguía tapado. Saqué otra pero se partió a la mitad. Me dolía. Con destreza lograba sujetar la parte restante y jalarla hacía fuera y volvía a sentir que se me había metido hasta lo más profundo de mi ser. Y salía. Pero mi oído seguía tapado. Percibía que todavía estaba una parte dentro. Me desesperé como nunca. Nadie me ayudó. Se había roto por la mitad de nueva cuenta. Última oportunidad para sacarla. Logré sentir parte del cuerpo de la sanguijuela saliendo un poco de mi oído. Casi contra mi voluntad y transformando mis dedos en pinzas, lograba sujetar la protuberancia negra que se apoderaba de mi oído y lograba extraer al bicho. Estaba atónito. La mujer, que hasta entonces no decía nada pero insistía en acompañarme me preguntaba si estaba bien. Le decía que sí pero que tendría que ir al médico. Miraba a mi alrededor y mis amigos se habían retirado. Sólo quedaba aquella extraña mujer qu no se inmutó al verme sufrir. Miré a mi alrededor y todos los comensales parecía impávidos. Yo acababa de sufrir un ataque de bichos en un restaurante, y los comensales disfrutaban con singular alegría de sus camarones, langostinos, cangrejos, mejillones, almejas, berberechos o pulpos.

Para rematar la escena, una bola de seres alargados se arremolinaban sobre la mesa, una escolopendra luchaba contra una sanguijuela que a su vez estaba enredada con una babosa y unos gusanos y telaraña que yo había removido del andamiaje debajo de la cubierta.  Mi mano derecha sostenía el palito que usé para quitar la telaraña y mi mano izquierda sostenía el teléfono. En realidad, había caído del andamiaje y mi cabeza había rebotado en un tubo. No perdí la conciencia, pero caí de bruces en el estanque y entré en estado de shock sin saberlo. Como pude salí del agua y me quedé catatónico sentado en un banquito del restaurante. La mujer que me había acompañado era médico y me ayudó a salir de aquel estado mientras me removía las alimañas que se me pegaron al cuerpo, o se introdujeron al mismo. Cuando salí de aquel estado, estaba tiritando y mis manos engarrotadas seguían sosteniendo mi celular y el palito. Mi primera reacción fue revisar las fotos. De pronto me pareció que todo lo había soñado, pero cuando vi la foto del dragón luchando con el murciélago me tranquilicé. Pregunté a la mujer qué había pasado después de la pelea pero ella se limitó a decirme que todo iba a estar bien. Le enseñé mi celular y la foto que tomé y me dio unas palmaditas en la espalda. Tomó mi celular, el palito y me ayudó a levantarme. Una persona vestida de blanco me puso una mantita sobre la espalda y me ayudaron a caminar hacia el edificio viejo que estaba al fondo.

Cuando desperté me dolía la oreja izquierda pues había dormido toda la noche sobre ella. Era sábado. Nadie estaba a mi lado. Estaba lejos de México y lejos del mar, al pie de los Himalayas, en Tarai, en el pueblo de Biratnagar, distrito de Koshi, Nepal. Ese día visitaría la Reserva natural de Koshi Tappu.

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